Conductor borracho, una víctima

Agosto 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Fabio Salamanca, el conductor de 23 años que borracho atropelló y mató a dos mujeres y dejó paralítico a un hombre está en la cárcel. En un primer momento el juez le concedió la libertad amparado en la Ley que permite incluso llegar a un resarcimiento material con las familias de las víctimas, que en este caso era de $800 millones y lograr cambiar la tipificación del doloso a culposo con lo cual la condena no supera los cinco años. El mensaje era equívoco, pero el caso de Salamanca suscitó una interesante reflexión del escritor Sergio Ocampo en su columna de La República en la que sostiene que Fabio Salamanca es una víctima. Pero no una víctima por el castigo y el cargo de conciencia con el que tendrá que vivir. Fabio Salamanca es una víctima, como miles de jóvenes, de esa “ruptura cultural que arrancó en los ochenta y se hizo muy fuerte en los años noventa, modificó los paradigmas sobre la niñez, y trastocó los patrones de crianza, las relaciones de poder entre adultos y niños, entre padres e hijos, y a la postre toda la concepción sobre la autoridad”, dice Sergio. Es además víctima de la cultura mafiosa que se entronizó en el país y quebrantó todos los paradigmas morales, las bases para tener una convivencia social sana. Se impusieron, acentuadas por legislaciones internacionales en torno a los derechos inalienables de los niños, varias lecciones perversas que han hecho carrera y que ha mellado el principio de autoridad que termina maleada por el dinero, el poder, la intimidación, un comportamiento que tiene su espejo en la estructura familiar y escolar donde impera la dictadura de los niños. Padres, maestros y adultos suelen quedar perplejos frente a las demandas infantiles de cualquier orden.Los Fabio Salamanca y los múltiples borrachos al volante de elegantes Audis o BMW, los Laura Moreno y Carlos Cárdenas asociados a la misteriosa muerte del Luis Andrés Colmenares en el Parque del Virrey forman parte de esa camada de adultos jóvenes nacidos hace 25 años, que Ocampo describe con horror: “Veo una generación que se está levantando con varios problemas. Una generación sin capacidad para desear, porque todo o mucho se le cumple antes de ser deseado (y como obligación de los padres). Ya no hay que esperar a diciembre, ni portarse bien para recibir lo que se quiere porque, además, la satisfacción a los deseos debe ser inmediata, expedita. No hay plazos ni esperas, pero tampoco ilusiones. Se perdió el derecho a la ilusión (…)”.“Veo una masa de gente joven con dificultades para incorporar entre sus valores la noción del esfuerzo, propio y ajeno. Todo está dado y resuelto y hoy es mucho más difícil perder el año que ganarlo (…) Las dificultades son la herramienta para adquirir destrezas en la resolución de problemas, y los padres en estas dos décadas han estado tan convulsivamente avocados a solucionarles todo a sus niños, que no les han dejado espacio para la posibilidad de equivocarse y aprender. Es una generación pragmática, de una ética de los resultados, que desdeña el amor al conocimiento per se, y prefiere el saber específico, el que produzca rendimientos prácticos… y dinero”. Una generación que produce, pavorosamente, miles de Fabios Salamanca.

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