Con ‘Pablo Catatumbo’ frente al mar

Agosto 29, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

No lo conocía. Contaba con los lugares comunes y alguno que otro antecedente que terminan construyendo imágenes, muchas veces cargadas de prejuicios de los comandantes de la guerrilla de las Farc que en el imaginario colombiano permanece como la amenaza mayor. Jorge Torres Victoria es su nombre de pila. No esperó saludarme para empezar a hablar con un entusiasmo que rompió cualquier barrera o extrañamiento. Algo que siempre lo ronda: Cali. Sin mediar pausa apareció otra referencia que lo persigue: ese gran vallecaucano e inolvidable ser humano: Édgar Lenis. Lo denomina “mi padrino” por el que siente afecto y agradecimiento. Lo conoció muchacho cuando tras la muerte prematura de su padre que trabajaba en el almacén de la Kodak de Alberto Lenis en la Plaza de Cayzedo, apareció Édgar y con su generosidad y amplitud le sacó el quite a la adversidad para que pudiera terminar su bachillerato en Santa Librada. Ya guerrillero se las arregló para no perdérsele a Édgar. Cuenta cómo desde orillas distintas podían dialogar y cuánto le hubiera gustado Lenis para ser el facilitador con los empresarios que la negociación de La Habana requiere con urgencia. La confianza y el respeto bastaron para que Édgar hubiera logrado exitosas acciones humanitarias que evitaron dolores y profundizar la guerra en la zona de influencia de la cordillera occidental donde ‘Pablo Catatumbo’ dejó 40 de sus 67 años de vida. Gestiones que Lenis se llevó a su tumba. También preguntó por el padre Ray Schambach quien tampoco escatimó esfuerzos para hacer de su bondad bálsamo en la guerra afrontando situaciones tan dramáticas como cuando intercedió para lograr ubicar los cadáveres de los diputados del Valle, víctimas de uno de los actos más demenciales y reprochables, que pesa en la conciencia de ‘Catatumbo’. Y habló de otros vallecaucanos que le dejaron huella en medio de la crueldad de la guerra. Pero también quería hablar de literatura que es como hablar de la condición humana. De Sandor Marai, su pasión, y también como ya me lo había mencionada con anterioridad, de Alfonso Bonilla Aragón -Bonar- y sus lecciones diarias de buena prosa que le formaron su gusto por la lectura. Desnudó el horror de la guerra con detalles impensables, desde todos los bandos. De los dolores que arrastra. De la que quieren salir. Porque resulta que ‘Pablo Catatumbo’, de quien solo se conoce públicamente el rostro monstruoso que deja la violencia y la muerte es un ser humano con historias de vida, con imperativos circunstanciales, con equivocaciones a cuestas, con errores irreparables pero también lleno de sentimientos y convicciones. Con ideales y sueños. Que vale la pena escuchar. Confirmé con este encuentro frente a la infinidad del mar Caribe que a las herméticas negociaciones del Palacio de convenciones de La Habana les falta humanidad. Les falta construir espacios de conversación desprovistos de prevenciones y fantasmas, de etiquetas y formatos. Confirmé que para lograr ir al fondo se necesita de un diálogo entre guerreros desenmascarados, de parte y parte, que trascienda el ritual repetitivo de ególatras racionales, que permita construir la confianza que no existe con lo que se podrá finalmente avanzar hacia el fin de 50 años de conflicto y soñar en serio en una Colombia en paz.

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