¿Cocaleros y raspachines rumbo a EEUU?

Mayo 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Catatumbo es tan bello como infernal. Lo recorrí hace unos días y la realidad de la región es imposible de tapar y menos su combinación letal: selvas descomunales y coca. Mucha coca. Las historias de siembras de cacao, plátano, productos de pancoger que trasportaban los bogas en un gran comercio que iba en doble vía entre Venezuela y Colombia forman parte de los recuerdos de la gente mayor que vivió en una mundo fallido que hace 30 años quedó enterrado con la aparición de la coca. Llegó desde el Perú y se entronizó para nunca más partir. Lo de hoy son relatos marcados por el dolor de esa cruel violencia que también llegó detrás del negocio y una vida durada signada por el infortunio de la ilegalidad.Una ilegalidad reglamentada por la ley del gatillo y una autoridad impuesta por los uniformes y los brazaletes de quien manda en el negocio de la coca: narcos, guerrillas, paramilitares, bacrim. Van cambiando de nombres según la coyuntura sin que el resultado final cambie: una población inerme atrapada irremediablemente en el negocio de la coca que desde finales de los años 90, hace 30 años se tomó la región sin que autoridad legal alguna haya logrado poner en cintura. Los rodos de billete todo lo corrompen y la coca siempre regresa, con su maldición y su desgracia así asegure una volátil subsistencia. Fumigan, dejan de fumigar, vuelven a fumigar, cae glifosato desde el aire o riegan manualmente la tierra y la coca siempre vuelve.Jóvenes, hombres, mujeres que están ahí por la misma razón: el rebusque alrededor de la coca, regresan siempre al mismo tema que acompañan con las cicatrices que han quedado en manos y brazos, uñas de un oficio en el que han quedado atrapados. Y repiten: sembramos y raspamos porque toca. Y mueren prematuramente en las cocinas trasformando la hoja de coca en pasta y luego transportándola por tierra o agua hasta lugares perdidos en su estrecha geografía.De ella viven. A una hectárea de coca le sacan tres millones de pesos que con buena agua logran una cosecha trimestral, lejos de la rentabilidad de cualquier cultivo ordinario sometido a las reglas de una comercialización imperfecta y unos obstáculos geográficos que no pudren los productos casi que en la mata.Y esto no es una excepción del Catatumbo. Se repite en las cordilleras que recorren el Valle, el Cauca, en Tumaco, en Putumayo, en Caqueta, en las mismas zonas donde han convivido desde siempre colonos y guerrillas. Y todo esto explica las 159.000 hectáreas de coca que hacen a Colombia el campeón mundial en la producción de coca con un crecimiento del 42% en el último año. Se trata de una batalla perdida. Una batalla que no se gana con medidas policivas y medidas desesperadas como las que llevaron a la Casa Blanca, en la recta final de Barack Obama, a avalar la drástica ley que acaba de ser aprobada en el Congreso que busca perseguir y castigar al primer eslabón del negocio en los orígenes. Léase campesinos productores de coca y sin tocar, como siempre, el tema crítico de los consumidores. Una legislación con orden de extradición incluida que de aplicarse coloca a raspachines y cocaleros rumbo a Estados Unidos, que significa desocupar medio país, la Colombia de los colonos y la frontera, la misma que será el epicentro de los acuerdos de La Habana.Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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