Cobardía venezolana

Julio 08, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La oposición venezolana a Hugo Chávez está de celebración con su enfermedad. Mejor, con la posibilidad de que por cuenta de un cáncer, finalmente puedan prescindir del mandatario. Le apuestan ahora a que un deterioro rápido de su salud lo lleve a retirarse temporal o definitivamente del cargo. Las columnas y los programas de la oposición, monotemáticos y predecibles, han insistido en el tema durante toda la semana. Y digo sin pudor: ¡Qué pena!Sí, ¡qué pena! Qué pena que la oposición venezolana que lleva más de una década vociferando, quejándose, no haya logrado organizarse políticamente para convertirse en una alternativa de poder a Chávez. Su dirigencia empresarial y buena parte de la académica en el exilio, está dedicada a disfrutar sus patrimonios en Miami (sobre todo aquel grupo de banqueros que aprovechó la transición después del derrumbe político de Carlos Andrés Pérez que logró sacar millones de petrodólares), o a construir nuevos negocios personales en otros países como ocurre con los petroleros que se han afincado en Colombia. La diáspora venezolana de profesionales o personas que han acumulado capitales tiene explicaciones, pero no justificación. Como resultado del abandono del país, Chávez quedó con un camino despejado para que con su megalomanía creciera y poco a poco fuera controlando el país. El desfile militar del lunes pasado, con el que se celebró el bicentenario de la independencia de Venezuela y que por su enfermedad Chávez presidió desde el Palacio de Miraflores, no tenía nada que envidiarle a las paradas militares de Corea del Norte. Chávez, consciente de la importancia de su presencia en un día como aquel, viajó convaleciente para estar allí, con un discurso que traicionó el espíritu del que leyó cuando hizo pública su enfermedad o con el que saludó a su gente el día en que aterrizó de regreso. Atrás había quedado el Chávez de carne y hueso, golpeado por la fragilidad humana, con capacidad de mirarse a sí mismo como cualquiera ser humano, para darle paso al caudillo de siempre, asediado por sus fantasmas; el dictador iluminado, verborraico e inquebrantable, protegido por un uniforme militar y la fuerza del despliegue de tanques y armamento. A ese Chávez, delirante, es al que hay que sacar del poder. Pero con la contundencia de una sociedad organizada, de una dirigencia que piense no sólo en su bienestar y en la manera de escapar a la tragedia política de su país, sino en cómo estructurar una oposición que posibilite lograr una nueva estabilidad democrática. Los venezolanos dispersos en el mundo, en América Latina y Estados Unidos tampoco han encontrado formas de articulación para lograr incidir de manera efectiva en los escenarios internacionales. Por eso Chávez sigue orondo. Sin duda eran otros tiempos y era otro el dictador. Pero no podemos olvidar el movimiento ciudadano que se generó en Colombia en el año 1957 para derrocar al dictador Gustavo Rojas Pinilla, el abuelo de quienes destruyeron, con cinismo y descaro, la dinámica de progreso que vivía Bogotá. Empresarios, políticos y estudiantes armaron la resistencia, a riesgo personal, hasta derrocar a Rojas en ese histórico 10 de mayo de 1957. Fue una lección que reafirma que la cobardía venezolana les resultará cara.

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