Catatumbo, a la distancia

Catatumbo, a la distancia

Junio 28, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Catatumbo y su principal población, Tibú, están lejos, muy lejos de Bogotá y de las principales capitales del país. Las que cuentan finalmente. A la hora de opinar, a la hora de decidir. Las preocupaciones, los problemas urbanos son completamente ajenos a la realidad de esas poblaciones que sufren, que tienen carencias, que no conocen la tranquilidad, que llevan décadas sobreviviendo en medio de las balas cruzadas. Sin embargo los que menos conocen son los que más pontifican sobre la guerra y la paz, sobre las medidas a tomar en esquinas perdidas en el mapa de Colombia como el Catatumbo.Se completan diez días de un horror que ha reeditado tiempos en que la protesta social se acallaba a plomo. Por cuenta del internet el silencio ha dejado de ser cómplice y nada se puede ocultar gracias a las redes sociales y el sin número de portales. Los testimonios y crudos videos que empiezan a circular sobre lo que se vive en el Catatumbo forzaron al Gobierno finalmente a actuar después de que el ministro de Agricultura, Francisco Estupiñán, menospreciara los hechos.Pero, ¿qué pasa en el Catatumbo, para que 14.000 campesinos se hayan movilizado desde las veredas para protestar, según ellos por la crítica situación social, económica y de crisis humanitaria que atraviesan? La chispa que encendió la llama fue la decisión del Gobierno de iniciar desde hace tres meses una agresiva campaña de erradicación de los cultivos de coca que tuvo, como es obvio, un impacto en las familias campesinas y en la economía regional. El Gobierno no propuso ni implementó ninguna alternativa económica en una zona que siempre ha vivido de la siembre de la coca. La crisis pues era inevitable hasta que tocó fondo.A esto se une la implementación de la política petrolera y minera que ha representado un drástico cambio en la estructura de producción de la región, que ha llegado además acompañada de la palma de aceite. El Gobierno trazó además un plan de consolidación militar que ha generado hechos como la detención de al menos 200 campesinos que han sido señalados de delitos de narcotráfico y de rebelión a los que los manifestantes piden que se le dé un trato basado en el respeto a sus derechos. En el corazón del problema está la coca. Los mismos actores que están sentados en La Habana intentando encontrarle una salida negociado al conflicto están enfrentados en el territorio no por la vía de las armas sino de la disputa social, política y económica. El acuerdo que se logre firmar entre guerrilla y Gobierno será un simple comienzo, en donde quizás lo más importante no sea la dejación de las armas sino la distensión que tiene que seguir. El Catatumbo es solo el ejemplo del momento pero ilustra la complejidad de una situación que para superarla demandará una inversión y un compromiso mayores que el de la guerra no solo del Estado sino de la sociedad toda. ¿Estamos preparados para hacerlo? ¿Estamos dispuestos a mirar en una dirección distinta a la de nuestros propios intereses? ¿Nos vamos a meter la mano al bolsillo para pagar un impuesto para construir la paz como el que se ha pagado para financiar la guerra, en un país como el nuestro acostumbrado a reaccionar frente al miedo que no sabe lo que es vivir en paz?

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