Campesinos del Siglo XXI

Septiembre 06, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Los campesinos que salieron de las veredas y dejaron las parcelas para hacerse oír en el paro agrario que el presidente Santos no dimensionó para encontrarle soluciones, nada tienen que ver con los estereotipos de colombianos de ruana, sombrero y pata al suelo. Son hombres y mujeres conectados con la modernidad, con capacidad de expresión, con ideas y propósitos claros, que no comen cuento. Conscientes como nadie de sus derechos. Dignos y orgullosos de su trabajo con las manos y con la tierra que se indignaron cuando con la frivolidad del poder el Presidente intentó minimizarlos. El país tiene que ponerse a tono con ese nuevo campo que se empezó a descubrir en las tomas de las carreteras y a través de sus reclamos. Una realidad que debe asumirse de manera diferente. Ha cambiado la economía, la relación rural-urbana, el entorno de la economía mundial, la relación fundamental de la gente con su territorio. Hay comunicaciones, hay nuevas interlocuciones, hay cada día menos tierra baldía por conquistar.El grueso de los pobladores rurales ya no viven aislados en sus parcelas, comercializando sus escasos excedentes de cosechas los domingos, en el mercado del pueblo. Ya no existe el paisaje rural que evocan con nostalgia tantos bambucos, pasillos y guabinas. Ya no es el café el corazón productivo del país y el alma campesina ha dejado de ser la columna vertebral o, si se quiere, la matriz cultural que le dio vida y personalidad a Colombia como sociedad y a todos y cada uno de sus habitantes, por más urbanos que hoy se puedan sentir.Los Llanos Orientales ya no es el territorio de grandes sabanas ilimitadas con una ganadería al natural en la que una vaca pastaba en diez hectáreas, sino que se volvió una oportunidad para las inversiones empresariales de gran escala. Y son los mismos campesinos, los que están en la brega enfrentados a los acuerdos comerciales que firman a espaldas de la realidad los tecnócratas encorbatados en Bogotá, los primeros en entender que la rueda de la historia no se puede frenar ni echar para atrás. Ellos saben, mejor que nadie, que el futuro deseable para la familia campesina no es permanecer aislada en su finquita, alejada de las posibilidades de asociarse con otros, no solo con otros pequeños productores, ajenos a la oportunidad de vincularse a una economía con mercados dinámicos, más allá del dominguero en el pueblo. En estos días de protesta nunca se escucharon peticiones dirigidas a regresar al atraso marginal que algunos académicos defienden bucólicamente. Por el contrario, se escucharon voces reclamando alternativas para tecnificarse, mostrando una indudable capacidad para organizarse para luchar pero también para entrar a jugar en mejores condiciones con unas reglas vigiladas por un Estado serio que sea capaz de garantizar el respeto de los derechos de unos y otros.Son diez millones los habitantes del mundo rural que no quieren quedarse enterrados en la pre modernidad y que tienen los ojos puestos en los avances de una Colombia mayoritariamente urbana para que en su entorno también pueda ser escenario de un futuro que no sea simple repetición de los padecimientos del pasado. Quieren ser unos campesinos del Siglo XXI ayudando a construir país.

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