Al oído del alcalde Armitage

Al oído del alcalde Armitage

Junio 24, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Llegar a Cali desmoraliza. Desmoraliza enfrentarse al caos de una ciudad que no encuentra su norte. El caos vehicular, la invasión del espacio público por carros parqueados de cualquier manera en las vías, la jauría de motos temerarias y desafiantes, la agresividad de los conductores, la rabia de los peatones intentando cruzar vías antes del cambio de semáforo, los escasos para desplazarse tranquilamente, la rabia en el transporte público, una jungla que expresa sin duda un problema mayor. El comportamiento ciudadano, la ciudad como espacio de convivencia y tranquilidad son el termómetro de una sociedad que funciona, que respeta al vecino, que no atropella.Pensé entonces, desesperada en mitad del trancón, aturdida por los pitos, los gritos agresivos, en la rabia contenida, en el bien intencionado alcalde Maurice Armitage. Y debo decirle con el mayor respeto, que creo que está desenfocado.La tarea de un alcalde forma parte casi que de un manual conocido con una obligación fundamental para la cual fue elegido: hacer que la ciudad funcione y garantizarle el bienestar a la población. Armitage fue elegido para gobernar y no para soltar enunciados imposibles y para gobernar no solo a para quienes lo eligieron sino para todos ricos y pobres, clases medias; negros y mestizos, niños, jóvenes y viejos; empleados y desempleados; poderosos y humildes; afortunados y desesperanzados.Y un buen alcalde es aquel que logra hacerle la vida más amable a la gente. Con una sola fórmula: hacer bien la tarea.Y la tarea es tan sencilla como compleja. Un buen alcalde es aquel que logra conseguir que el uso de los recursos públicos sea eficiente, transparente para que la oferta de servicios urbanos le llegue con calidad y oportunamente a la mayor cantidad, ojala la totalidad de los ciudadanos. Para que accedan al servicio de luz, gas, agua, alcantarillado; para que la cobertura de salud responda a las necesidades y que los niños y los jóvenes tengan la posibilidad de educarse; para que los ancianos tengan cómo pasar dignamente sus días; para que el transporte público sea digno y no humillante ni una tortura cotidiana; para que haya buenas bibliotecas y el disfrute de la cultura, la música, el arte, el cine sea un derecho; para que los espacios públicos sean verdaderas zonas de encuentro y los parques lugares de expansión y divertimento con árboles y jardines y paseos para caminar, sin que nadie robe, sin que nadie asalte, sin que nadie mate.Un buen alcalde es un gran director de orquesta, un regulador que asegura que los poderosos no atropellen a los débiles y se ocupa de vigilar para que cada centavo público se convierta en una fuerza dinamizadora de los esfuerzos individuales y colectivos.Un alcalde como usted, que apenas empieza, debe proponerse captar la gente para sintonizarse con esa potente corriente de fondo que está ahí esperando ser encausada para acompañarlo en grandes propósitos. Claros y concretos con oportunidades como las que abre la recién aprobada reforma administrativa para que participen muchos en un proyecto de ciudad, aún sin forma, pero que no puede difuminarse etéreamente ni terminar enredado en retórica populista.Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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