Adiós a Los Turcos

Mayo 17, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Se inauguró la plazoleta Jairo Varela. Pero se fueron Los Turcos. Aquel emblemático restaurante con más de 50 años de estar sirviendo en el mismo lugar y con los mismos amables meseros, las mismas inolvidables carnes encebolladas, luladas o ensaladas turcas. Era el lugar de encuentro cuando en la esquina estaban las cajillas de los apartados aéreos de Avianca donde llegaba la correspondencia en tiempos en que ni se soñaba con el internet ni en los rápidos correos electrónicos que enterraron el género epistolar. Los Turcos era además el lugar de las tertulias vespertinas, de la lectura de la prensa o las revistas con interlocutores listos a entablar cualquier conversación, costumbres gregarias que acompañaban y que también desaparecerán con la demolición. El trato amable y cogedor de los meseros del restaurante, que tenía el mérito de permanecer abierto todo el día, con su gran terraza sobre la calle, consiguió que los mendigos merodearan sin estorbar ni agredir. Los Turcos eran el punto de llegada o de partida del entonces grato recorrido por la Avenida Sexta que se recorría después del cine, saboreando un cono de Dary Frost, después de disfrutar los estrenos en los teatros Calima o Bolívar, que agonizaron hasta convertirse en templos de proselitismo religioso; cuando la Sexta estaba lejos de ser el muladar de cuchitriles, negocios precarios de ventas de arepas o chorizos o bares de mala muerte con música escandalosa o de metederos oscuros de citas a escondidas. “Nos vemos en Los Turcos” era casi que el santo y seña de una generación que ha visto desaparecer esa ciudad grata y amable de la que solo sobreviven el olor de las cadmias, los viejos ceibas y samanes y los grandes árboles tropicales que con su fronda cubren la nueva mala arquitectura caleña. Cali es hoy una ciudad sin pasado, cercada por las odiosas cintas amarillas que anuncian obras como las que advierten el sellamiento de Los Turcos con el que se despide esta última referencia urbana que mantenía viva la memoria. Allí va cayendo todo empujado por la modernidad, doblegado por el ímpetu comercial. Como está ocurriendo con la novela de Andrés Caicedo: ¡Que viva la música! La señales que han dado la Productora Dínamo y el director Carlos Moreno es que la ambición taquillera gobernará. No será una película de época como prometió en un primer momento ni se oirán las canciones de los Rollingstones, Bobby Cruz o Richie Ray. Los artífices de la película parecen estar dispuestos a sacrificar, por no decir traicionar, el espíritu de la obra como lo reveló el casting público para escoger los protagonistas en el que primaron los clitches comerciales al punto de que la rebeldía furiosa de la heroína María del Carmen Huertas será transformada en la complacencia de una rubiecita feliz de aparecer desnuda en la portada de la revista Soho. Mientras esto ocurre en su natal Cali, la novela ¡Que Viva la música! se abre camino como novela en las grandes ligas de la literatura universal con su traducción al francés y al inglés donde la más famosa de las editoriales, Penguin, la publicará en su colección de clásicos juveniles. Así somos, enterramos lo mejor que tenemos y la vida sigue. Sin más.

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