Adiós a las armas

Adiós a las armas

Diciembre 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La matanza de los 20 inocentes y seis maestras ejemplares en el colegio en Connecticut, es un acto de inhumanidad y vileza imposible de digerir. No hay explicación distinta al odio irredento del asesino por la vida, por la condición humana. Tenía munición para acabar con varios centenares de los 600 niños que atendían el colegio y se trató de un acto tan premeditado que el asesino destruyó el disco duro de su computador para no dejar huella posible ni clave alguna que permitieran entender algo de su locura.De esta tragedia quedó al menos una lección: la urgencia, tal como lo planteó el presidente Barack Obama, abrumado ante lo ocurrido, de tramitar una enmienda constitucional que limite el uso de armas en Estados Unidos. Paradójicamente el país más desarrollado del mundo es el que más muertos violentos pone y portar armas forma parte de los derechos constitucionales de los norteamericanos. Una libertad nacida de la mentalidad del Lejano Oeste, cuando los colonizadores abrían fronteras a sangre y fuego. Incluso la poderosa ‘Asociación nacional del rifle’, con la que ningún político ha sido capaz de meterse, está dispuesta a apoyar una iniciativa legislativa dirigida por lo menos a evitar que las armas ofensivas de largo alcance, como el fusil semiautomático con cientos de proveedores que tenía la mamá del asesino en su casa, ronden por ahí en manos de cualquiera, fanáticos, obsesivos, personas con desequilibrios mentales. En 2006 el entonces alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, y otros ocho mandatarios locales impulsaron un proyecto de ley de iniciativa popular, que contó con un respaldo de un millón y medio de firmas, que contemplaba un aumento en la edad para el porte, una profesionalización de los portantes y controles y requisitos similares a los que tiene el pase de conducción. Buscaba poco a poco abirle el camino al desarme civil y consolidar el monopolio del uso de las armas en manos del Estado. El Congreso entonces contagiado de paramilitarismo y controlado por el Uribismo no le marchó a la idea y el entonces presidente Álvaro Uribe se atrevió incluso a decir que en Colombia no se necesitaban palomas sino fusiles. Fue una verdadera frustración que de haberse logrado habría evitado muchos absurdos homicidios. El alcalde Gustavo Petro, con su arrojo ya conocido, retomó esta bandera y arrancó su gobierno restringiendo el porte de armas. Las restricciones temporales de armas han demostrado ser muy eficientes para bajar los homicidios. El hoy alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, impulsó el desarme durante su primer gobierno y sólo en 1993 logró bajar los homicidios de 124 por 100.000 habitantes a 86, y en el resto del mandato se mantuvo en una reducción del 30%. Antanas Mockus hizo lo propio en 1994, y los homicidios disminuyeron un 10% inicialmente y luego un 5% más. No se dio continuidad y los índices se dispararon. Alonso Salazar, entonces alcalde de Medellín, le reclamó públicamente a la IV Brigada por su laxitud en la aprobación de armas en la ciudad e impuso la restricción. Los efímeros experimentos en Colombia han mostrado sus bondades, diciéndoles a los alcaldes que tienen en sus manos implementar medidas que permitan decir: adiós a las armas, para salvar la vida.

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