Sin complejos

Abril 10, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Alejandra Villamizar

La marcha del 9 de abril marca el inicio de una nueva etapa del proceso de paz. La movilización en Bogotá, organizada sobre todo por sectores de la izquierda pone las cartas sobre la mesa para el juego que se viene para quienes le tienen fe al proceso y quienes apuestan a su fracaso.Santos dejó el complejo. El día anterior de la marcha hizo una alocución en la que se le notó enérgico en su defensa a la mesa de conversaciones. Habló de la necesidad de la “unión nacional” y se dirigió sin tapujos a los opositores del proceso para reclamarles por las versiones, según él equivocadas, sobre la impunidad y consecuencias que traerá el proceso. Por primera vez Santos encaró su decisión. Anunció que pronto iniciará un proceso con el ELN. Ya se extrañaba en el ambiente que el Santos estratégico que se empeña en mostrar una agenda de gobierno reformista y liberal, se dejara asustar por el trinar del opositor Uribe y por los cálculos electorales. El proceso de paz avanzaba a la deriva de las pocas noticias que llegan a la opinión pública. Hoy importa más el apoyo que significó la marcha, que las informaciones concretas de los avances de la negociación.Las Farc también son ganadoras. La confluencia de la contraparte de la mesa en el mensaje de apoyo al proceso significa que es posible compartir escenarios con quien se pretende construir un acuerdo para terminar el conflicto. Es interesante que en aras de cumplir el objetivo de salir del atolladero de la guerra, los protagonistas desafíen la supuesta lógica política y se expongan ante los ciudadanos. Santos, su gabinete, Petro, Farc, el Congreso, el Fiscal, sectores de trabajadores, los comunistas, los campesinos, tomaron el riesgo de aparecer juntos en una foto para la historia.Hay que decir que esto sucedió en Bogotá, y quizá quienes escribimos desde aquí pensemos que no hay nada más importante que esta movilización. En las regiones la percepción es a otro precio, pero en un país centralista los mensajes que salen de la capital tienden a regionalizarse y ese debe ser el paso que sigue. El conflicto no está en Bogotá, está en la región y quienes lo resienten con más crudeza son los que más derecho tienen de levantar su voz. Hay gobernadores y alcaldes alineados para apoyar los diálogos, así que las movilizaciones comenzarán a darse. El riesgo de crecer la expectativa del proceso existe. Y el mayor temor es que una masificación de un concepto intangible como ‘la paz’ se convierta en el talón de Aquiles de un gobierno incapaz de concretarla. Los ejemplos están escritos en la historia. La marcha del 9 de abril se iba a dar con o sin Santos. La promovió un grupo de sectores, en el cual pesa el movimiento Marcha Patriótica, que demostró con el impulso político de la iniciativa que tienen un lugar en el escenario, y que más allá de la estrategia de contener los ríos de información sobre el proceso, el horizonte de los diálogos les interesa a muchos más que a los que juegan en el terreno de la política partidista y electoral. Es decir que al proceso se le metió pueblo, y lo metieron los sectores afines a la izquierda y a las Farc. El gobierno se sumó para no quedar colgado, y logró que el mensaje se convierta en compromiso, y eso juega en beneficio de la paz. Con reelección o sin ella, después de hoy, no hay forma de que el Estado eluda su responsabilidad y actúe con audacia para conseguir que la “alineación” de los astros de la que habla Santos signifique un consenso nacional que defina el futuro de una Colombia sin guerra.

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