La Isla Presidencial

Junio 05, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Alejandra Villamizar

Ya no sabe uno si tomarse en serio la política regional o si verla como una parodia de humor similar a la fantástica serie animada llamada la Isla Presidencial, en la que los presidentes latinoamericanos conviven sin remedio, aislados, con su destino atado el uno del otro, y en cuyas relaciones afloran todo tipo de burlas, sumisiones, irreverencias y tajantes realidades, como solo lo puede descarnar el buen humor político.Desde hace una semana el vecindario está alborotado por una serie de hechos que si se miran desde la distancia no tienen asidero en la racionalidad, ni siquiera en el campo de la política, en el que es escaso. Que el presidente Nicolás Maduro se vista de verde oliva, sin ser militar, para empezar el ‘estudio’ de las estrategias que asumirá su país en caso de que Colombia entre a la Otan, es un espectáculo que no tiene desperdicio.Que Santos haya generado tal confusión, (últimamente le pasa con frecuencia), con una solicitud a la Otan de que más o menos le eche una mirada a Colombia y que se interpretó como la pedida formal de ingreso al Tratado del Atlántico Norte, es también un despropósito en la coyuntura de sensibilidad que se vivía con Venezuela.Que Evo Morales, desde su primera magistratura haya subido la voz para citar una Asamblea Extraordinaria de Unasur para evaluar lo que pudo haber sido, pero no fue, no tiene mucha razón, pero menos aún la tiene que insista en que aunque no se trate de que Colombia “entre” en la Otan, igual la cumbre deba realizarse para además pensar en sanciones. ¿Sanciones? Unasur dice en sus estatutos que se trata de un organismo regional que procura por la integración de esta parte del continente pero no tiene fuero de ‘sanción’ alguna; pero bueno, eso quiere Evo.Encima aparece el presidente Daniel Ortega y con su sonrisa medio sanadresana propone que se condene a Colombia por intentar desestabilizar la región en material militar, asunto que, como mencioné solo proviene de la improvisación irresponsable de Juan Manuel Santos, que con ínfulas de presidente del primer mundo pronunció la sigla de Otan con ahínco innecesario, para hacer un anuncio que pudo hacer el Ministro de Defensa, a quien le ha tocado rectificar la verdadera intención de Santos.Todo este ficticio berenjenal, aireado por la exposición mediática -y no sin razón- en momentos en que sí se definen asuntos de profunda seriedad y trascendencia para los países protagonistas de la parodia. Venezuela y Colombia.Como se sabe, la República Bolivariana no tiene pocos líos. Desde definir la legitimidad del mandato de su presidente y la continuidad de un proyecto político acéfalo que empieza a mostrar profundas heridas y una cuestionada estabilidad institucional, hasta la comida del día a día y el papel higiénico de sus ciudadanos.Colombia por su parte, que apuesta a seguir creyendo en una salida política al conflicto, a reparar a las víctimas, a restituir la tierra a los despojados, a aplicar un mecanismo de justicia transicional, a resolver la eficiencia de la Justicia, a atender las demandas de los más pobres; en fin, con tantas y tan urgentes tareas pendientes, no hay derecho que se agiten las aguas innecesariamente y que los gobiernos de las dos naciones se conviertan en actores de esta tragicomedia en la que como en la Isla Presidencial uno no sabe si reír o llorar. PD: Dejémosle un espacio a la duda que también es chiste. De Capriles a la Otan: ¿Habrá alguna mano ‘friendly’ metida por ahí?

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