Turquía otomana

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En 1923 Mustafa Kemal, un militar turco que lideró con éxito la lucha contra los británicos y otras fuerzas extranjeras tras la Primera Guerra Mundial y logró salvar a Turquía de lo que parecía un inevitable fraccionamiento de su territorio a la usanza de lo que ocurrió en otras partes de Oriente Medio, fundó la moderna República turca en una fracción del territorio de lo que en su momento fue el Imperio Otomano.

Turquía otomana

Abril 18, 2017 - 11:55 p.m. Por: Marcos Peckel

En 1923 Mustafa Kemal, un militar turco que lideró con éxito la lucha contra los británicos y otras fuerzas extranjeras tras la Primera Guerra Mundial y logró salvar a Turquía de lo que parecía un inevitable fraccionamiento de su territorio a la usanza de lo que ocurrió en otras partes de Oriente Medio, fundó la moderna República turca en una fracción del territorio de lo que en su momento fue el Imperio Otomano, uno de los más poderosos, longevos y fascinantes del historia.

Su primera medida fue la abolición del Califato, dignidad que se autoconfirió el imperio otomano al tener bajo su dominio la mayoría de las tierras árabes incluyendo Meca y Medina, las ciudades sagradas del Islam. Mustafa Kemal reemplazó la Sharia, ley islámica, por una constitución basada en la de Suiza, cambió el alfabeto de letras árabes a latinas, adoptó el calendario gregoriano, convirtió el domingo en el día de guarda en lugar del viernes, prohibió el uso del hijab -pañoleta que usan las mujeres musulmanas- en el servicio público y universidades, permitió la venta libre de alcohol, otorgó el derecho a elegir y ser elegido a las mujeres, cerró madrazas -escuelas de estudio coránico- y declaró a Turquía como un Estado laico. El parlamento turco le otorgaría a Mustafa Kemal el nombre de Ataturk, -padre de la nación turca- y el término ‘kemalismo’ quedó acuñado como sinónimo de un Estado Laico en una sociedad musulmana.

En sus primeras décadas la República turca distó mucho de ser una democracia como lo establecía su constitución. Los militares, custodios de la constitución, gobernaban a través de sucesivos golpes de Estado y solamente a finales del siglo pasado la democracia se abrió camino en Turquía, permitiéndole al partido islamista AKP, liderado por Recep Tayip Erdogan llegar al poder en 2002, en contravía a la voluntad de los militares que veían en ese partido una amenaza al ‘kemalismo’, alma de la República.

Los primeros años de Erdogan en el poder fueron testigos de una profunda democratización, desmilitarización del aparato estatal, alto crecimiento económico, posicionamiento de Turquía como poder global, miembro del G20 y candidato eterno a membresía en la Unión Europea que nunca le abrió la puerta.

Con su estrecha victoria en el referendo del pasado domingo Erdogan cuya base electoral se concentra principalmente en las zonas rurales de la Turquía asiática, más conservadoras y adeptas al Islam, transforma el país de un régimen parlamentario a un régimen presidencial con omnímodos poderes para el primer mandatario. Erdogan ha venido cerrando los espacios democráticos especialmente desde el fracasado golpe de Estado de hace un año: prensa censurada, opositores encarcelados, estado de emergencia aún vigente y el organismo electoral cooptado.

El errático cambio de Erdogan hacia un autoritarismo electoral, estilo Chávez, coincide con el advenimiento de la primavera árabe en 2011 frente a la cual Turquía, que buscaba asumir un papel de liderazgo, cometió todos los errores posibles en política exterior que terminaron costándole aliados y credibilidad. Se enemistó con Egipto por su apoyo a los hermanos musulmanes, dio tres volteretas con Siria y las que vienen, una de cuyas consecuencias es haber atraído mortíferos atentados de Isis en territorio turco, desechó a Israel otrora aliado estratégico para posteriormente reconciliarse con el Estado Judío, sostuvo una pelea con Putin, ahora su nuevo mejor amigo. Turquía busca a toda costa labrarse un lugar bajo el sol en el medio oriente post-Isis.

El resultado del referendo marca el fin de una era en Turquía, una demostración que nada es para siempre.

Sigue en Twitter @marcospeckel

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