Religión y Política

Enero 04, 2012 - 12:00 a.m. Por: Marcos Peckel

Conceptos que caracterizaron buena parte de la teoría política occidental durante el siglo pasado como “religión y política no se mezclan” o “no hay lugar para la religión en las relaciones internacionales” están siendo arrollados por la obcecada realidad que las religiones nunca desaparecieron de la esfera pública. No se trata de que el individuo sea más observante o que haya crecido el número de personas religiosas en el mundo, sino que la religión como institución se está beneficiando de la globalización para establecerse como un factor primordial en el actual desarrollo político y social de la humanidad. Las grandes religiones se están desligando de su entorno cultural y territorial en su gesta expansionista. Un ejemplo es el cristianismo evangélico que nacido en Estados Unidos se ha propagado rápidamente allende las fronteras, y en países como China, Brasil y Corea ha desarrollado una idiosincrasia local, masiva y desarraigada de su origen occidental. La globalización está igualmente erosionando monopolios religiosos que existían en varias regiones; la iglesia ortodoxa en Europa Oriental, el catolicismo en América Latina, y el hinduismo en la india. Buena parte de los conflictos y guerras hoy en día tienen una clara connotación religiosa. América Latina ha vivido por lustros una fuerte penetración de los grupos evangélicos que habiendo logrado ser reconocidos y aceptados en un continente mayoritariamente católico, pasan a una segunda fase con una significativa participación política en temas como la defensa de la libertad e igualdad de cultos, la prohibición del aborto, la defensa de la democracia y los derechos humanos. La campaña presidencial del Partido Republicano en EE.UU., se ha centrado en buena parte en la religión y religiosidad de los candidatos. En China las profundas transformaciones sociales podrían otorgar un protagonismo fundamental en el futuro del país a los entre 300 y 600 millones de cristianos. En India, la constitución laica establecida desde su independencia ha sido desafiada por los elementos más radicales del hinduismo, para quienes no se puede concebir el Estado indio sin su mantra hinduista. En Pakistán, país que no ha podido definir que es un ‘Estado islámico’, las luchas fratricidas entre diferentes sectas del Islam han causado miles de muertos en los últimos años. En Rusia las regiones del Cáucaso, mayoritariamente musulmanas, luchan contra su permanencia en la Rusia ortodoxa. El conflicto palestino-israelí, territorial en sus comienzos, ha adquirido fuertes matices religiosos, con el surgimiento de Hamas y grupos ultraortodoxos y ultranacionalistas judíos, dificultándose seriamente la posibilidad de un arreglo. En Turquía el Estado laico fundado por Ataturk estaría viviendo sus últimos días con la consolidación en el poder del Partido islamista AKP. La Europa secular no ha encontrado cómo enfrentar la creciente presencia de emigrantes musulmanes y los hechos de sangre; el asesinato de Teo Van Gogh en Holanda, la masacre de Noruega, las atentados en Madrid y Londres, la quema de refugios, la prohibición de los minaretes en Suiza, han exacerbado el debate y fortalecido las Partidos antiemigración, especialmente la islámica. En los regímenes que surgen de la Primavera Árabe el islam asume el protagonismo central. Dice en su reciente libro la exsecretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, que de todos los asesores que tenía le faltó uno sobre asuntos religiosos. La religión que el Estado secular trató de relegar, ocupa un lugar preponderante en la política y las relaciones internacionales en la segunda década del tercer milenio. El Estado tendrá que acomodarse a esta nueva y teológica realidad.

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