Primavera invernal

Primavera invernal

Noviembre 23, 2011 - 12:00 a.m. Por: Marcos Peckel

No puede quedar duda que el personaje del año 2011 es el manifestante árabe anónimo que sale a las calles y plazas a protestar pacíficamente contra los dictadores de turno, en muchísimos casos acabando en la morgue asesinado por las balas de unos regímenes que se han ido desplomando en un mar de sangre.El único faro parece ser Túnez, donde esta primavera comenzó hace exactamente un año cuando un humilde vendedor ambulante se inmoló para protestar contra la arbitrariedad de las autoridades que días antes lo habían despojado de su medio de sustento. En este pequeño y cohesionado país magrebí ya se realizaron elecciones pacíficas y concurridas para una asamblea constituyente en un ejercicio inédito en el mundo árabe.En los demás países la primavera árabe se ha transformado en un doloroso y largo invierno. En Egipto donde cayó Mubarak, pero no el régimen militar que ha gobernado el país por casi 60 años, la luna de miel entre el Ejército y las fuerzas sociales está llegando a su fin ante la clara evidencia que los de verde quieren seguir en el poder. Las multitudinarias manifestaciones volvieron a Tahrir con la sensación que el pueblo no se va a dejar secuestrar su revolución por unos militares que quieren seguir gobernando el más importante de los países árabes.En el vecino Libia la función continúa. Unos rebeldes autoproclamados representantes del pueblo y las fuerzas de la Otan acabaron con el régimen y con la vida del excéntrico dictador Muamar el Gadafi y con la sangre aún caliente de las miles de víctimas que dejó este primer episodio, ya desembarcaron los ejecutivos petroleros occidentales a reclamar los frutos de la ‘victoria’. Entretanto el denominado Consejo Nacional de Transición debe construir estado y democracia, mantenerse unido, cumplir expectativas y poner en cintura a los miles de ciudadanos armados para que este desértico país no se convierta en un Somalia o algo peor.Pero el invierno más frío, doloroso y sangriento lo está sufriendo la población de Siria que lleva meses protestando contra el régimen dinástico de Bashir Al Assad, cuyo único aliado en este momento es la geopolítica, el apoyo, hasta ahora, de Rusia y China, lo suficientemente fuerte para poder seguir asesinado con impunidad. Sin embargo, el ‘asesino de Damasco’ está cada vez más aislado. Muy significativas las sanciones que bajo el liderazgo de Arabia Saudita le impuso la liga árabe, aunque sigue siendo impredecible el desenlace en este país, aliado de Irán, soporte del Hezbolla libanés y vecino y enemigo de Israel. Una caída del régimen alawita de Assad tendría trascendentales consecuencias regionales.En la geográficamente pequeña isla de Bahréin, pero gigante en el conflicto geopolítico regional, para la mayoría shiíta del país que manifestaba pacíficamente por sus derechos, la primavera terminó rápidamente por la represión de la dinastía sunita reinante y las tropas invasoras del Consejo de Cooperación del Golfo, léase Arabia Saudita. Los monarcas del Golfo y Occidente no podían bajo ninguna circunstancia ‘perder Bahréin’, sede además de la V flota americana donde la mayoría shiíta del país es percibida, con cierta simplicidad característica, como aliada de Irán.Un elemento predominante en las revueltas es el ‘factor islámico’, algo apenas natural, pues son sociedades en las que el Islam es parte primordial del tejido social, de la fibra íntima y de la identidad. Pretender lo contrario es una falacia. Demonizarlo es caer en el peor de los maniqueísmos.

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