Primavera en Israel

Agosto 03, 2011 - 12:00 a.m. Por: Marcos Peckel

País de 7 millones de habitantes, que ocupa el lugar 15 en el planeta en el índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas, con un ingreso anual per cápita de US$30 mil, desempleo inferior al 4%, exportaciones superiores a US$30 mil millones, último en acceder a la Oecd, visitado por 4 millones de turistas al año, con tres universidades entre las mejores 100 del mundo, 7 premios Nobel y un sector de alta tecnología líder en el mundo. Intel, Microsoft y la gran mayoría de las grandes empresas informáticas tienen laboratorios de investigación y desarrollo en Israel, país con impresionantes avances en agricultura, farmacéutica, diamantes, energía solar, energía eólica, industria armamentista y satélites. Israel, país al cual la crisis económica de 2008-2009 no lo afectó, tiene tratados de libre comercio con Estados Unidos, la Unión Europea, y varios países del mundo, inclusive con Mercosur. Después de Canadá, Israel es el país que más empresas tiene listadas en las bolsas de Estados Unidos. ¿Con estas impresionantes cifras, cómo explicar que centenares de miles de manifestantes se hayan tomado las calles del país protestando por mejores condiciones de vida? Las manifestaciones en el Estado judío comenzaron hace unas semanas cuando un individuo por las redes sociales llamó a un boicot a un producto básico de la canasta en Israel, el queso cabaña, logrando que su precio fuera reducido. De este pequeño triunfo surgieron las gigantescas protestas cuyas reivindicaciones se han expandido principalmente al tema de los altísimos costos de la vivienda y los arriendos, pero también a los precios de muchos productos básicos y a un percibido deterioro en los sistemas de salud y educación.Pero en el trasfondo del asunto la población de Israel siente un profundo divorcio con la clase política y un sentimiento generalizado de que el gobierno es indiferente a las aspiraciones de la clase media mayoritaria en este país. Similar a los ‘indignados’ en España.Israel parece estar haciendo el lento, pero para muchos doloroso, tránsito de un Estado de bienestar europeo a un Estado a semejanza del modelo individualista estadounidense. Esto ha dado como resultado un crecimiento en la desigualdad social y una fuerte concentración de la economía, donde una treintena de familias controlan un alto porcentaje de la actividad económica a través de consorcios con presencia en todos los sectores económicos y con vasos comunicantes a las altas esferas del poder. El mismo presidente del banco central de Israel, el norteamericano Stanley Fisher, adalid del modelo capitalista de mercado, ha criticado la falta de competencia en sectores como el sistema financiero y la construcción. A lo anterior se suman las prioridades presupuestales del gobierno, presa de partidos con intereses específicos que ordeñan el erario sin contemplación. El dinero que el Estado gasta en los asentamientos en Cisjordania y en las escuelas religiosas es desproporcionado frente a la cantidad de beneficiarios, pero es esencial para mantener la coalición en el muy fragmentado sistema parlamentario israelí. Es posible que las protestas se disipen en algún momento, que las carpas en las calles se levanten, especialmente si hay algún desarrollo en el frente del la paz o la guerra, pero la señal enviada por los manifestantes no puede ser más clara: un Estado donde cada ciudadano dedica años al servicio militar obligatorio y paga altísimos impuestos no puede ser indiferente a las reivindicaciones sociales por más conflicto que tenga con los vecinos.

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