La terminal

La terminal

Noviembre 07, 2012 - 12:00 a.m. Por: Marcos Peckel

Mehran Karimi, nacido de Irán, exiliado por su oposición al Shah, termino viviendo 17 años en la terminal del aeropuerto Charles De Gaulle en París en un episodio macondiano recreado por Tom Hanks en la película ‘La Terminal’ donde Victor Navorski, se queda sin Estado al estallar una revolución en su nativa Krakozhia al momento de arribar al aeropuerto JFK de Nueva York. La historia sería simpática y anecdótica sino afectara a entre 12 y 15 millones de habitantes del planeta clasificadas como ‘sin Estado’ o sin ciudadanía por la agencia de Naciones Unidas para los refugiados –Acnur–.El tema adquiere actualidad por la dramática situación que padecen los musulmanes rohingya en Myanmar donde la semana pasada aldeas enteras de esta minoría fueron incendiadas por turbas budistas y miles partieron a escuálidos campos de refugiados en la frontera entre este país y Bangladesh, ninguno de los cuales los acepta como ciudadanos. En términos generales los ‘sin Estado’ no tienen derechos civiles de ninguna índole, carecen de acceso a educación, salud y vivienda, no pueden poseer propiedades, viajar o abrir una cuenta bancaria, acceder a un empleo decente, ni mucho menos participar en procesos democráticos. Una gran mayoría sobrevive en calamitosa situación humanitaria.Son varias las razones por las cuales hay tanta gente sin Estado en el planeta. Desintegración de estados, creación de nuevos, sucesiones, guerras o arbitrariedad de gobiernos, pero el hilo conductor en todos los casos es discriminación por motivos, religiosos, lingüísticos, culturales o étnicos. La desintegración de la Unión Soviética dejó a millones de rusos sin ciudadanía, específicamente aquellos que el régimen comunista había trasladado a las repúblicas bálticas de Estonia y Letonia, las que una vez independizadas no les otorgaron ciudadanía. Similar situación le ocurrió a miles con la implosión de Yugoslavia. Por la misma Europa los gitanos deambulan sin ciudadanía y sin derechos.La condición de ‘sin Estado’ pasa de generación en generación excepto en algunos muy pocos países donde el hecho de nacer en ellos otorga automáticamente ciudadanía. Sin Estado son centenares de miles de palestinos en los campos de refugiados en Líbano y Siria producto de la guerra de 1948 entre Israel y los países árabes con la consiguiente no creación del Estado palestino declarado por la ONU en 1947. Sin Estado son los kurdos en Siria, unos 300 mil, a quienes los militares en 1962 los despojaron de la nacionalidad, por ‘no ser árabes’. Sin Estado son miles de Nubios sudaneses reclutados por el ejército británico a comienzos del siglo XX en Kenia y a los que después de la independencia les fue negada la ciudadanía. Sin Estado son centenares de miles en Tailandia, residentes de las montañas fronterizas con Myanmar a quienes no se les considera “suficientemente Tailandeses” por su cultura, idioma y etnia. Sin Estado son miles de beduinos en los ricos países del Golfo Pérsico, tibetanos en Nepal, nepaleses en Bután y miles de descendientes de haitianos en República Dominicana.El problema no se reduce sólo países en vías de desarrollo. En Alemania, Suecia y Suiza hay miles de personas en calidad de ‘sin Estado’. El derecho a la nacionalidad está consagrado en la declaración universal de los derechos humanos emitida por Naciones Unidas de 1948, ente que ha establecido dos Convenciones para la protección de los ‘sin Estado’, las cuales han sido ratificadas apenas por un puñado de naciones. Para millones de habitantes del planeta el mundo es una gran e inhóspita terminal.

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