Geopolítica y deporte

Agosto 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Marcos Peckel

Estados Unidos y China se disputan la supremacía en el Pacífico, libran una confrontación en Asia Central y en los temas álgidos del Consejo de Seguridad frecuentemente difieren. También se disputan la supremacía en los olímpicos.Las justas deportivas, especialmente las Olimpiadas, se han convertido en un escenario donde se dirimen conflictos ideológicos, geopolíticos y propagandísticos.En las Olimpiadas de 1936 en Berlín, Hitler quiso demostrar la superioridad de la raza aria, hasta que llegó un americano, Jesse Owens y pulverizó teorías raciales.Desde la Revolución Bolchevique, la Unión Soviética había boicoteado por ‘burgueses’, los juegos, hasta que Stalin entendió que estos podrían convertirse en una maquinaria propagandística a favor del sistema comunista. Tras una intensa preparación, la URSS reaparece en las justas de 1952 en Helsinki logrando 59 medallas, apenas unas menos que los americanos. A la guerra armamentista y a la carrera espacial, se sumaba la confrontación deportiva como una de las características inherentes de la Guerra fría.Los países de la cortina montaron fábricas de atletas a través de un sofisticado sistema de dopaje, hormonas y esteroides, intensivos entrenamientos, creando las lanzadoras de disco búlgaras y polacas con su prominente bozo y las nadadoras de Alemania Oriental que por años dominaron las piscinas. Estas comenzaban su tratamiento siendo niñas, tal como lo denunciaron varias de ellas años después cuando desarrollaron graves enfermedades por el exceso de dopaje. En nuestro continente la Cuba comunista se convirtió en potencia deportiva para hacerle contrapeso a Estados Unidos.Gracias en buena parte a la Guerra Fría los Olímpicos comenzaron a tener su amplio cubrimiento en los medios, por la atracción que ejercían las épicas batallas entre Estados Unidos y la Unión Soviética o entre las dos Alemanias. El deporte dirimía la superioridad entre comunismo y capitalismo.Con sangre en la piscina concluyó el encuentro de waterpolo entre Hungría y la USSR en las Olimpiadas de Melbourne en momentos que el Ejército rojo aplastaba una revuelta popular en Budapest. En México 1968, los atletas americanos John Carlos y Tommie Smith hicieron en el podio el saludo del poder negro denunciando la discriminación racial en su país. En 1972 un comando terrorista palestino asesinó a 11 deportistas israelíes ante una millonaria teleaudiencia. Sendos boicots de origen político castigaron a los juegos de Montreal 1976, Moscú 1980 y Los Ángeles, 1984. En tiempos más recientes deportistas iraníes se han negado a competir contra atletas de Israel. En el zenit de la Guerra Fría se dio el inolvidable enfrentamiento por el título mundial de ajedrez entre el soviético Boris Spasky y el americano Bobby Fisher. En el Mundial de fútbol del 78 en la Argentina de los militares y los desparecidos, el resultado del partido Argentina-Perú, 6-0, que le dio a los gauchos el paso a la final, siempre ha estado bajo sospechas de arreglo. El deporte ha servido para causas positivas como la diplomacia del pingpong entre la China de Mao y Estados Unidos o el equipo de Rugby de Suráfrica que sirvió para unificar un país racialmente fragmentado.Actualmente la asignación de las sedes olímpicas y de los mundiales de fútbol se ha convertido en otro tinglado geopolítico, adobado con escándalos, corrupción, sobornos e intercambio de favores.Una de las medidas de poder de un país adicional a su capacidad militar, económica, científica y diplomática es el prestigio y este se alimenta en buena parte de visibles victorias deportivas. Política y deporte juntos por siempre.

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