Frente a nuestros ojos

Febrero 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Marcos Peckel

Si ya la alta comisionada para los derechos humanos de la ONU, la jurista sudafricana Navi Pillay, sujeta por su investidura a modales diplomáticos, tuvo que salir a denunciar al régimen sirio de estar cometiendo genocidio y crímenes de lesa humanidad, es porque no quería seguir cargando con la culpa de no haber hecho nada, frente a las atrocidades del señor Assad.La carta blanca que le extendieron al dictador sirio Rusia y China con su veto en el Consejo de Seguridad a una moderada resolución que condenaba la violencia y llamaba a un diálogo, le ha servido para acelerar su máquina de muerte, ya sin freno y ensañarse con las ciudades de Homs, Homa, Deraa, algunos barrios de Damasco y otras poblaciones, que a punta de artillería pesada están siendo destruidas y centenares de habitantes, hombres, mujeres, niños, bebés, enfermos y ancianos asesinados por un régimen que completa ya diez meses en su sanguinaria faena.Sin lugar a dudas la historia juzgará lo que ocurre en Siria en el mismo nivel que los genocidios de Ruanda y Darfur, las matanzas en los Balcanes en los 90 y los asesinatos de Pol Pot, tanto por la sevicia y magnitud de los crímenes, como por la inacción de la comunidad internacional al momento que estos estaban ocurriendo. ¿Por qué la humanidad no hizo nada entonces y por qué no hace nada ahora? Simplemente porque las cosas son más complicadas que la vida de unos cuantos miles de seres humanos. El apoyo de Rusia y China, regímenes que en el pasado han recurrido a métodos similares para aplastar revueltas, fundamentado en consideraciones geopolíticas de intereses e influencia regional le han extendido a Assad el amparo diplomático para continuar con su ofensiva. Por otro lado al interior de Siria aún hay facciones que lo apoyan, los miembros de su secta alawita, grupos cristianos, kurdos y drusos, temerosos de lo que vendría en caso que Assad caiga, especialmente si llegan al poder grupos sunitas radicales. Encomiable, como impotente, ha sido la labor de la Liga Árabe que suspendió a Siria, presentó la vetada propuesta de resolución en el Consejo de Seguridad, impuso sanciones a Damasco y ahora busca una simbólica condena en la Asamblea General. Impotentes también lucen los llamados al fin de la violencia de varios países incluyendo Turquía, que está dando apoyo logístico a la oposición, la Unión Europea y Estados Unidos. De cualquier manera, las herramientas de las que dispone la comunidad internacional para enfrentar situaciones como la de Siria son muy limitadas y la experiencia en Libia, con la controvertida intervención de la Otan, el fragmentado Consejo Nacional de Transición y lo que ha sucedido desde la muerte de Gadafi, no son el mejor ejemplo de una intervención eficaz y positiva. Sólo el Kremlin parece tener la influencia necesaria para detener a Assad, pero hacerlo significa arriesgar la relación histórica que ha existido entre Damasco y Moscú, un precio demasiado alto para un país que busca restablecer su pasado imperial. ¿Qué estaría pasando por la mente del canciller ruso, Serguei Lavrov, en su reunión en Damasco con un sonriente, siempre está sonriente, Bashar el Assad?Entretanto los pobladores de Siria, a través de cualquier medio a su disposición, están clamando por ayuda, están rogando para que la matazón se detenga, todo en vano. Las instituciones creadas por la comunidad internacional no tienen cómo responder al clamor del pueblo sirio, que está solo, abandonado a su suerte, poniendo los muertos, miles de ellos y también los héroes.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad