A la sombra de la madre Rusia

Julio 11, 2017 - 11:35 p.m. Por: Marcos Peckel

Vilna. Vladimir Putín es el hombre del momento en la geopolítica global. Mientras Trump sigue sin encontrar un punto de apoyo, a la usanza de Arquímedes, Putin sin necesitarlo, mueve el mundo. Aparece con diversos trajes de acuerdo a las circunstancias: estadista, matón del barrio, mediador, promotor de paz, aguafiestas, guerrero, pero siempre aparece.

Tratar de entender la política exterior de Rusia ha sido un verdadero dilema desde los tiempos de los Zares, pero hay una verdad incontrovertible y brutalmente simple: al menor atisbo de amenaza, el oso ruge y contrataca sin piedad. Al término de la Guerra Fría y tras el colapso de la Unión Soviética, quince nuevos Estados nacieron de la implosión convirtiéndose la Federación Rusa en heredera de los privilegios diplomáticos soviéticos y encarnación de la identidad e historia de la orgullosa y poderosa Rusia de siempre, la de Pedro el Grande, Iván el Terrible, Catalina la Grande, los Nicolás, los Alejandro, los anarquistas, bolcheviques, la Iglesia ortodoxa Rusa, los inmortales escritores, músicos y filósofos y su rico legado cultural. Una civilización que geográficamente cruza Asia y Europa, pero que no es ni lo uno ni lo otro. Rusia es simplemente Rusia.

Sus relaciones con los vecinos han sido siempre turbulentas, desde los designios expansionistas de los Zares hacia oriente, occidente y sur, los soviéticos con un Estado mucho más extenso tras anexar amplios territorios al final de la Segunda Guerra Mundial y la Rusia actual con sus conflictivas relaciones con los Estados post soviéticos. En palabras de Putín: “El colapso de la Unión Soviética fue la peor tragedia geopolítica del Siglo XX”.

Los Países Bálticos han tenido pocos años de vida independiente alternada con largas ocupaciones, ya sea polaca, alemana o rusa. Sus fronteras han cambiado permanentemente, sin embargo, constituyen naciones altivas, cada una, Lituania, Letonia y Estonia con su propio idioma y religión. Los países del Báltico fueron los primeros que tras la desintegración de la Unión Soviética declararon su independencia, entendieron que la ventana de oportunidad era corta y procedieron raudos a integrarse a la Unión Europea, la Otan, Schengen y eventualmente al Euro, marcando así su territorio frente al entonces herido vecino del este.

Tras la anexión de Crimea por parte de Putin y la consiguiente desestabilización y guerra en el este de Ucrania por proxis rusos, comenzaron las especulaciones sobre si los Bálticos eran las próximas presas del resurgente oso. Sin embargo, ese cálculo parte de premisas equivocadas. Ucrania, al igual que Georgia anteriormente, habían ‘provocado’ a Rusia en momentos que la geopolítica cambiaba, Estados Unidos se hundía en sus guerras inútiles en Afganistán e Iraq y Rusia desplegaba una renovada política exterior asertiva, marcando claras líneas rojas que hizo respetar a punta de tanques. Los Bálticos son miembros de la Otan cubiertos por el artículo 5° de mutua defensa y como miembros de la Unión Europea gozan de un respetable estatus geopolítico. Poco tiene Rusia que ganar lanzando una aventura bélica en sus pequeños vecinos, a menos que estos representen una amenaza para Moscú lo cual por ahora parece muy lejos.

Por estos días de verano acá en los Bálticos los días son largos, las calles se duermen a media noche, la vida es apacible. Estos países han logrado grandes avances económicos y sociales, Letonia y Estonia son miembros de la Ocde, miran de reojo a Rusia sin que esto les quite el sueño, por el contrario les sirve a sus gobernantes para fortalecerse dentro de la alianza occidental.

Sigue en Twitter @marcospeckel

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