27 de enero

Enero 27, 2016 - 12:00 a.m. Por: Marcos Peckel

En la madrugada del 27 de enero de 1945 las exhaustas tropas soviéticas avistaron un gran portal en cuya parte superior, forjado en hierro, aparecían las sugestivas palabras: ‘Arbeit macht frei’. Tras una travesía de varios días por la nieve habían arribado al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Los soldados rusos curtidos en los rigores y horrores de la guerra no estaban sin embargo preparados para lo que les esperaba una vez cruzaran el portal. 7000 esqueletos vivientes fue la primera imagen que encontraron dentro de las barracas, alambradas y muros del campo, al borde de la inanición, enfermos, sombras de seres humanos, con los números tatuados en sus antebrazos y sus pijamas de rayas. Algunos sacaron fuerzas de donde no las tenían para abrazar a sus sobrecogidos liberadores. Otros simplemente seguían con su mirada perdida sin entender que el tormento padecido llegaba a su fin, aunque para la mayoría nunca hubo un fin. Con 15 mil cadáveres apostados a lado y lado, encima unos de otros, en un camino al interior del complejo, se toparon los militares soviéticos. En enormes bodegas hallaron incontable cantidad de gafas, zapatos, maletas, calzas de oro, cabellera y otras pertenecías, objetos inanes que indicaban la magnitud de la muerte allí acaecida. En conmemoración a la ‘liberación’ de Auschwitz, el más simbólico de los campos de la muerte que operó la Alemania Nazi durante la segunda guerra mundial, la fecha del 27 de enero fue declarada por la Asamblea General de la ONU en su sesión del año 2005 como ‘Día internacional de víctimas del Holocausto’. La resolución 60/7 condena la intolerancia religiosa, la incitación al odio, el acoso o la violencia por razones de credo u origen étnico, rechaza categóricamente la negación total o parcial del Holocausto y convoca a todos los países a establecer programas educativos de enseñanza sobre el Holocausto como un evento histórico sin precedentes cuyas lecciones deben ser aprendidas por la humanidad toda. Junto a seis millones de judíos exterminados, un tercio del pueblo judío de entonces, fueron asesinados gitanos, disidentes políticos, homosexuales, discapacitados, testigos de Jehová y otras minorías. Al final de la guerra se estableció por primera vez en la historia un tribunal internacional de justicia en la ciudad alemana de Núremberg para juzgar a los criminales de guerra nazis. Allí con víctimas y victimarios como testigos, la humanidad conoció la magnitud de la barbarie, la industrialización de la muerte, las cámara de gas, los crematorios, la deshumanización. A pesar de todo, la humanidad parece no querer aprender. En las últimas décadas hemos sido testigos del genocidio de Ruanda, el renacimiento de los campos de concentración en Europa, el exterminio de miles de musulmanes y violaciones masivas en la guerra de Bosnia, los campos de la muerte en Camboya, Darfur y el genocidio que actualmente lleva a cabo en Siria el presidente Bashar Al Assad. El antisemitismo tampoco ha desaparecido, más aún continúa rampante en varias latitudes y uno de los principales antídotos es la preservación de la memoria por lo cual la importancia de la fecha del 27 de enero, pues más allá de la historia está la memoria. La diferencia entre una y otra es que la primera se lee desapaciblemente en los libros de texto, mientras que la segunda penetra al ADN de las naciones, pueblos, regiones, etnias, religiones y colectivos humanos y permanece ahí por generaciones. Esa es la que cuenta.

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