Credo

Credo

Septiembre 17, 2017 - 11:45 p.m. Por: Mabel Lara

“Una sola persona es necesaria para que la esperanza exista”. Lo dijo Francisco, el papa latinoamericano que pasó por Colombia en un viaje apostólico de 5 días. Su discurso, como pasa desde que asumió el pontificado en el 2013, seduce más a los agnósticos que a los católicos ortodoxos.

Para hablar de su llegada al país, lo hago como católica no practicante, desde la incredulidad y la doble militancia con la que he asumido mi vida espiritual.

Nací en un hogar católico. Mi mamá nos inculcó desde muy pequeñas a mi hermana y a mí la necesidad de creer en un Dios todo poderoso que podía ayudarnos y librarnos de todos los males. Pero mi encuentro con la religión católica no tuvo un buen comienzo. De pequeña mis abuelas, prestantes señoras de Puerto Tejada, nos enviaban a mi prima y a mí a llevarle onces al sacerdote de la iglesia del pueblo. Lo recuerdo muy bien: era un hombre alto, o al menos así lo veía yo, y no me gustaba como nos invitaba a su cuarto a entregarle las viandas que de mi casa le enviaban.

En mi mente no está tan claro si aquel religioso se sobrepasó con nosotras, pero sí debo reconocer que desde ese momento empecé a no creer en su iglesia.

Más tarde la encontré de nuevo en el colegio de las hermanas rosaristas, cada miércoles en el patio principal cientos de niñas nos reuníamos a rezar avemarías y a conocer los valores religiosos de nuestra fe. Allí todo el tiempo me preguntaba por qué esas mujeres impecables de blanco dedicaban tantas horas a repetir una oración y por qué ese Dios que me enseñaban en la biblia era tan drástico con las mujeres.

Con el paso del tiempo me alejé de las iglesias, me negué a creer en el Dios que ellas me mostraban y descubrí la divinidad en la mano que ayudaba. Hallé un Dios dulce con las mujeres, esposo de las viudas, padre de los huérfanos y amante de los necesitados.

Por eso me han sorprendido las palabras de Francisco, el argentino, quien ha dicho que Dios no es católico y que incluso no es indispensable la fe en Dios para sacrificarse por el prójimo. Cuánto hemos celebrado esos discursos quienes creemos que la única responsabilidad en esta vida es ayudar al que más lo necesita, vivir y dejar vivir.

Sólo espero que nos haya hecho el milagrito, que los 45 millones de colombianos que se identifican con su religión se hayan dejado tocar por sus palabras, porque vino a hablarles directamente a ellos, a los que se santiguan cada que pasan por una iglesia y no salen de misa los domingos, pero en redes sociales, conversaciones familiares y hasta en el trabajo solo invocan los demonios del odio y el resentimiento.

Por mi parte me declaro rebautizada y me siento honrada de pertenecer a la generación del primer papa jesuita, ese que vino a mi país a invitarme a oler a ovejo, a untarme de calle y a recordarme que no es posible creer en algún dios si antes no se cree y abraza “a la humanidad más marginada y desamparada”.

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