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Diciembre 24, 2017 - 09:32 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

En medio del diluvio universal, la sesenta Feria de Cali mostró sus cartas. A juzgar por lo acontecido el pasado 23 de noviembre, muy pocas dudas quedan sobre la calidad de lo que será el evento más importante de la ciudad.

Tres aguaceros monumentales se abatieron sobre la Plaza de Toros que no detuvieron a las más de diez mil personas que se dieron cita en Cañaveralejo. Eran como rayos que se cruzaban con las luces, formando un efecto visual que mostraba cada nota de las partituras ejecutadas por los músicos y los artistas colombianos de ayer, de hoy y de siempre.

Y la música. Y un Lizandro Meza inmenso que recordó por qué es símbolo de la fiesta de Cali. Lizandro y su garganta y sus músicos y un acordeonero memorable y una tuba resplandeciente y una caja que recordó la base elemental del Valle de Upar.

Y las canciones. Y la Baracunátana. Y el Hijo de Tuta con toda la picardía de ese cantar campesino. Y los mensajes de los Corraleros del Majagual, mezcla de banda de pueblo con bombardinos y platillos y el vallenato cerrero que sale de un acordeón de botones mientras el acordeonero lo estira sin límites para darle aire, mostrando una sonrisa.

Ese Lizandro de 80 años dijo por qué es un rey. Por qué aquí lo recordamos. Aquí, donde su sonido de principios de los 60 nos mostró que éramos una comunidad abierta a la música del Caribe, que el asunto era la gozadera y la bailadera y el cariño por todo el mundo, viniera de donde viniera.

Y empezó lo del 90 para acá. Vestidos de lentejuelas azules con solapas blancas hacían que la luz brillara aún más, amplificada por los rayos de agua que caía. Y a un lado, Alexis Lozano con un bajo, llevando a Guayacán. Ahora ya no lo vemos con una guitarra o con un trombón. Y con él, Nino Caicedo.

Un binomio inmortal que se paseó con una orquesta cuyo sonido está en el alma de los caleños. Y Oiga, Mire, Vea, reconocida por su musicalidad. Y Cuando las miradas callan, uno de los emblemas de la salsa mundial de los últimos diez años.

Y Un vestiiido bonito, esa sensualidad donde el Pacífico se fusionó para siempre con la salsa de Nueva York, y junto con Torero le voltearon la rumba a más de uno. Y los pasodobles, y la garganta de tres cantantes con coreografías novedosas.

Y la lluvia seguía pero nadie parecía mojarse porque íbamos más allá de la mitad del show, tragando agua como arrepentidos y nadie se quería ir.

Al final, Niche. Niche rojo y negro. Niche y una producción audiovisual monstruosa. Niche con saxofón, con clarinete. Niche diciendo aquí estamos, aquí está Jairo vivo, así andamos por el mundo y esto es Cali. Niche de la mano de José Aguirre con una sonoridad renovada, vibrante.

Primero salió esa Negra que “no quiere, no quiere bailar ni estar conmigo” Y Gotas de Lluvia, “lágrimas que salen del corazón”. Y Cali Ají. Y Prueba de Fuego, y Pánico, la obra póstuma del maestro Varela.

Y el agua allí, encima de nosotros, diciéndonos que nos vamos. Y nosotros que no nos vamos. Y las luces que se multiplican con el agua, y las capas que ya son parte de la piel. Y llegó Mi Valle del Cauca un paseo sobre nuestra tierra. Y nos despidieron con Cali Pachanguero cantada hasta por la arena de Cañaveralejo.

Epílogo

¡Respire! Se acabó esa rumba. Diría que es la mejor presentación de la Feria que nos espera. ¡Feliz Navidad!

*Publicado en revista Épocas

Sigue en Twitter @LuguireG

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