Un país distinto

Un país distinto

Junio 20, 2010 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

La primera vuelta presidencial se cerró luego del más interesante debate que se ha presentado en muchos tiempo. Lástima que la segunda vuelta, de la que se esperaba una confrontación apasionante, culmine en forma tan melancólica a causa de los inexplicables comportamientos de Antanas Mockus.Después de la caída del referendo, el país vio cómo la política se descongelaba porque ya no era un asunto de reelegir al Presidente más popular de su historia sino de buscar una opción entre las que se les ofrecían. Esa apertura, que no por previsible deja de ser sorpresiva, obligó a la gente a escoger en tres meses. Y puso a los candidatos en el trance de convencer a los electores en un proceso que dejó grandes enseñanzas.Quedó demostrado que las campañas eternas no son necesarias, y por el contrario son nocivas, porque la monotonía era la pauta y las decisiones las presionaban razones externas a los candidatos: antes eran los partidos, en especial la maquinaria liberal, los que movían la votación porque acaparaban la posibilidad de repartir los beneficios que suministra el Estado. Después, la violencia sacó el debate de la plaza pública y lo metió en los medios, neutralizando el poder de los partidos. Así aparecieron las candidaturas independientes y se puso fin a la partidocracia. Empezó una nueva etapa, referida a las personas antes que a los partidos y a su obligación de construir alianzas para gobernar. Andrés Pastrana fue elegido contra el clientelismo inmoral de Samper y el continuismo de Serpa, y la posibilidad de encontrar una solución negociada con las Farc produjo el resultado final. En el 2002 Álvaro Uribe fue elegido para derrotar la guerrilla, una vez liquidada la posibilidad de diálogo y en medio del fracaso del Estado y la aberración del paramilitarismo. En ambos casos los grupos violentos y la forma de enfrentarlos decidieron la elección.Ahora, y aunque la amenaza de las Farc y el narcotráfico sigue latente pese al éxito de la seguridad democrática, la gente buscó otras respuestas. Eso enriqueció el debate electoral, después de un inicio donde las traiciones de Andrés Felipe Arias presagiaban el enfrentamiento entre Juan Manuel Santos y Noemí Sanín por quién se quedaba con el uribismo. Las encuestas, que al final quedaron maltrechas, causaron el giro que constituyó en opción a Mockus y su propuesta de combatir la corrupción, obligando a cambiar el discurso de Santos, basado en la continuidad y respaldado por el régimen.Los resultados del pasado 30 de mayo demostraron que la oferta de Vargas Lleras tenía audiencia y respaldo. Que la izquierda sigue perdida en la arrogancia de unos pocos y la anarquía que produce el entender la política como el arte de deslegitimar a quien no esté de acuerdo con sus dogmas. Y que los partidos Liberal y Conservador terminaron en federaciones de intereses mezquinos apoyados sólo por las maquinarias regionales. La primera vuelta desinfló a Mockus. Pero la ola verde mandó el mensaje: hay que cambiar la justicia y la política. Y la gente exige generar empleo, ofrecer oportunidades y combatir la desigualdad. Es claro que el país que hoy votará es distinto, y Santos debe escucharlo por encima del régimen que aspira a mantener su poder a cualquier precio.

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