Un circo triste

Un circo triste

Septiembre 17, 2017 - 07:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Candidatos sin partidos, partidos sin candidatos e incapacitados para inscribir listas de aspirantes. Ese panorama, surrealista y desconsolador, es la verdad de la política en Colombia.

La novedad es que debemos conseguir quince millones de firmas para poder inscribir a por lo menos 30 aspirantes a la presidencia de la República. Es claro entonces que aquello de declararse conservador o liberal o del Partido Verde o del Polo Democrático, ya pasó de moda.

Con dos excepciones: las Farc, porque según parece no van a tener candidato pues lanzar a cualquiera de sus cabecillas acusados de crímenes de lesa humanidad les significará el matar su partido antes de nacer. Y el Centro Democrático, porque su candidato será “el que diga Uribe”, en el más puro ejercicio del caudillismo que recuerde la patria.

De resto, todo será un relajo del que participan hasta los más notorios seguidores de la doctrina marxista. Nos tocará ver a los candidatos que se creen de mejor familia que las organizaciones en las cuales hicieron su carrera y algunos sus patrimonios. También a los que ofrecen pasajes y boletas por conseguir firmas y a los que ven en la recolección la oportunidad para hacer una campaña anticipada.

Y veremos a aquellos que sabiéndose derrotados usan las firmas para posicionarse aunque sea de vicepresidentes en supuestas coaliciones, o merecedores de un consulado aunque sea en Uganda o aspirantes a la Consejería de Paz. La grandeza de ser candidato a presidente se volvió una vulgar feria de las vanidades a la caza de micrófonos y periodistas que se creen guías del acontecer nacional.

Ya no importa ser de un partido. Más aún cuando el Consejo Nacional Electoral puede suspenderles la facultad de inscribir candidatos a las elecciones del 2019 en gran parte del país, debido a que incumplieron el deber de revisar sus hojas de vida para evitar que se inscribieran condenados con sanciones disciplinarias o administrativas por sus fechorías como funcionarios públicos o por la justicia penal por sus delitos.

Con excepciones cada vez más escasas, quienes ejercen ese oficio noble transformado en profesión de la cual hay que lograr la mayor rentabilidad posible olvidaron los límites legales que ellos aprobaron dizque para proteger la transparencia en las elecciones. Ahora hay que reconocerlos como los beneficiarios de las prebendas, los cupos de la mermelada y los contratos que se reparten en todas las ramas y todos los niveles del Estado.

Eso es el final de los partidos como organizaciones que representan la voluntad nacional. Es increíble que el Conservador, secuestrado por unos pocos congresistas, tenga como su presidente a un individuo sub judice, involucrado en los escándalos de la Corte Suprema de Justicia. Y que los miembros de la U abandonen su partido para buscar dónde meterse, mientras el Liberal vuelve a ser la parcela de Ernesto Samper encarnado en su discípulo el exministro Juan Fernando Cristo.

Es el entierro de la democracia. Se fortalecerá entonces la política de las montoneras personalistas financiadas por los contratistas y la manguala oscura, a las cuales les tienen sin cuidado embelecos como el Bien Común, la ética, los programas y la filosofía de un partido serio.

En consecuencia, las elecciones que se realizarán desde marzo del 2018 serán un circo triste y desmoralizante. Una parodia con la cual se desafía a los colombianos, aprovechando su indiferencia frente a sus instituciones, hoy arruinadas por la corrupción.

Sigue en Twitter @LuguireG

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