Sí hay esperanza

Sí hay esperanza

Enero 28, 2018 - 08:47 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Tarde o temprano, la política sin principios pasa la cuenta de cobro. Así lo vive el expresidente del Brasil y debe llegarle a quienes en Colombia han hecho del gobierno una feria de negocios particulares.

Luiz Inácio ‘Lula’ da Silva fue el estandarte de una supuesta revolución social que aprovechó el poder para enriquecerse y enriquecer a sus áulicos. Los escándalos empezaron desde que llegó al gobierno, cuando en el 2002 la justicia metió a la cárcel a la mitad de su gabinete y a casi todos los dirigentes de su partido de los trabajadores.

Pero el se sintió intocable y durante ocho años permitió toda clase de vagabunderías a los contratistas encabezados por Odebrecht. Pensó que bastaría usar la bonanza del petróleo y de las materias primas que vivió su país, y que nadie se atrevería a destapar el contubernio que lo llevó a aceptar ser el embajador de Odebrecht por todo el mundo.

Pero no pudo corromper la Justicia que ahora lo tiene con un pie en la cárcel. Esa justicia independiente que ha castigado a casi todos los partidos de Lula y a muchos de los dirigentes de todos los partidos que incluso destituyeron a Vilma Rouseff la sucesora del caudillo, demuestra que junto con la prensa libre son los instrumentos para mantener viva la democracia.

Es el ejemplo a seguir aquí, y a pesar de los bandidos que se infiltraron en las Cortes, impulsados por el afán de clientelizarlas o por el negocio de proteger una clase política corrompida hasta los tuétanos. Sin duda, la inmensa mayoría de los jueces son decentes, pero algo muy grave pasa pues son demasiados los gobernantes impunes que usaron la elección popular para saquear el erario.

Como ocurrió en Brasil, la política colombiana se pudrió cuando dejó de ser una vocación de servicio, transformándose en una vulgar plutocracia que se apoderó del Estado en todos los niveles. Y cuando los encargados de investigar y castigar a los depredadores aprendieron a hacer el silencio que se paga con los recursos públicos mal habidos.

Uno de los peores ejemplos es lo que sucedió en Cali y el Valle durante veinte años, cuando la corrupción se tomó al municipio y al departamento, cometiendo fraudes de todo tipo que aún nos cuestan. Fueron épocas en las cuales todo se sabía pero nada se castigó, al punto en que sus autores son hoy jefes políticos y aspiran a su reelección.
Volviendo al Brasil, la justicia le ratificó a Lula la condena por recibir sobornos de una empresa para favorecerla con contratos y le aumentó la pena de 9 a 12 años de prisión. Y el expresidente insiste en reelegirse, envuelto en la bandera del populismo con la cual se cubre para tratar de evadir el castigo que merece, mientras ese país padece de una enorme orfandad de liderazgo.

Personajes como Lula, o como los Ñoños o los Prieto en Colombia, o quienes participaron en los negocios de Odebrecht, acaban con la credibilidad de la democracia. Y lo peor es que se permita la impunidad, como ha ocurrido con muchos de los negociados cometidos en Cali y el Valle.

Lo que ha demostrado la Justicia brasileña es su compromiso con hacer una limpieza en todos los estamentos públicos y privados contra la corrupción. El mensaje debe ser que todos pagan y que hay esperanza. La clave es la independencia de los jueces, que actúan en derecho, en justicia y no pendientes del favor del gobernante de turno o infiltrados por la ambición y la inmoralidad.

Sigue en Twitter @LuguireG

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