“Si el río suena”

Junio 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Funcionó la caballería de la Unión Nacional, se alinearon los planetas, Uribe ayudó con su furiosa oposición y el Congreso de la República aprobó con mayorías contundentes y aplastantes lo que han querido vender como el Marco para la Paz. Sin embargo, uno tiene qué preguntar por qué causa tantas inquietudes y despierta tantos temores en la gente que no está cercana al poder. Por supuesto, hay que repetir una y mil veces que la mejor manera, tal vez la única de terminar una guerra o un conflicto o como quieran llamarlo, es la negociación. Después de ella siguen las concesiones, los perdones y los olvidos. Y después, lo que los desesperantes pazólogos y violentólogos que abundan en esta Colombia de la retórica llaman la “post guerra”. Negar esas realidades es, esa sí, la declaración de fe de quienes sólo creen en la tierra arrasada y la intolerancia. Pero también hay que decir que uno no puede mostrar tantas ganas porque se las cobran. Y no negocia con quien no tiene afán de negociar porque éste no tiene nada que arriesgar. Que si bien antes, las guerrillas y Pablo Escobar o cualquier grupo armado, podían aprovecharse de los gobiernos empeñados en la paz a cualquier precio y lograr cosas tan insólitas como que les entregaran medio país o les dieran una cárcel donde ellos mandaron, asesinaron y traficaron, hoy las cosas son distintas. Es que, después de décadas de violencia, de padecer a sangre y fuego el secuestro y las masacres, los colombianos han entendido que el propósito de quienes han sido reconocidos como contrapartes para poder negociar con ellos, es cualquier cosa menos acatar al Estado legítimo. Por lo cual se dejó de lado el necio fetichismo de resolver todo mediante leyes que no se cumplen y se adoptó la política de seguridad democrática como la estrategia seria para imponer el Estado como único árbitro de la sociedad y acabar con el horror que significa negociar con quienes entienden las propuestas de paz como señales de debilidad, o de fatiga, o de contradicciones, o de todo junto. Infortunadamente, regresamos al fetichismo de la ley. Y de nuevo, los políticos en trance de patriotas reclamarán sus dividendos como autores del engendro. Entonces, quienes festejan la aprobación de la tal ley marco deben saber que con ello han mostrado las ganas de negociar con quienes por todos los medios, en especial a través de la violencia, han demostrado que negociar en condiciones razonables no les interesa. También deben contarle a la gente qué hay detrás de una decisión que los tiene dando explicaciones; y por qué salen ahora a anunciar que las troneras que abrieron con el tal marco las cerrarán con la ley reglamentaria, como si el problema fuera de leyes y no de actitudes contra quienes insisten en acabar la democracia en Colombia. Es cuando se llega a la conclusión de que algo se mueve con respecto a las Farc, así mi querido amigo Federico Renjifo diga que no han hablado nada con ‘Timochenko’ en Venezuela. Y así el hijo de César Gaviria, presidente del Partido Liberal y de la Cámara de Representantes, siga calificando como mano negra a quien ose criticar el engendro aprobado. Recuerdo entonces el refrán desde lo positivo: “Si el río suena, piedras trae”. O mejor, desde el escepticismo: “Si el río suena, se ahogó una orquesta”.

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