Retrato de la miseria

Mayo 04, 2014 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Mientras Colombia conoce el impresionante drama de la mina que queda a sólo diez minutos del casco urbano de Santander de Quilichao, las autoridades naufragan en la incertidumbre. Y nadie atina siquiera a organizar la búsqueda de las trece o más personas que están sepultadas por toneladas de agua, de lodo, de miseria. De pronto se descubrió que el sitio es un cráter gigantesco hecho por la ambición que explota a miles de seres humanos mediante la minería ilegal. Decenas de retroexcavadoras, cientos de personas y la impotencia de un valeroso Secretario de Gobierno municipal para cerrarla, se conjugaron en la mina sin nombre para causar una mortandad vergonzosa. Es una mortandad que no es nueva, porque además de los veinte que murieron el pasado miércoles a las once de la noche están los que a lo largo de cuatro años han sido asesinados por robarles las pepitas que sacaron, o quienes han muerto por no pagar a ese conjunto de delincuencia que explota en forma aterradora la pobreza de la gente. Esa gente que busca un golpe de suerte, acosada por la falta de oportunidades y enceguecida por la fiebre de oro tan antigua como el hombre. Da tristeza saber que muchos de los que están parados en el borde del cráter donde yacen enterradas las víctimas de ahora, no están allí por ser parientes o dolientes de los muertos, o porque quieran ayudar a su rescate. No. Están allí a la espera de que llegue la noche para abalanzarse al revuelto que en el día han hecho las retroexcavadoras que buscan los cadáveres y encontrar oro. Y entre ellos están los explotadores, cuidando que no les “roben” su negocio. Y el gobierno sólo atina a decir por boca de su Ministro de Minas y Energía que nadie puede lavarse las manos en esta tragedia. Claro, porque las alcaldías son impotentes, las gobernaciones no tienen jurisdicción, las corporaciones autónomas son inútiles y en Bogotá son incapaces de responder frente a un fenómeno, la minería ilegal, que es la más monstruosa expresión de la esclavitud antigua, en pleno siglo XXI. Nada lícito funciona allí para proteger la vida.Pero sí funcionan la ilegalidad y la corrupción que la protege. Por eso, a diez minutos del casco urbano de una ciudad de 200.000 habitantes, Santander de Quilichao, se está produciendo el peor de los ejemplos de lo que puede ocasionar la falta de humanidad: miles de personas se rapan unos cuantos gramos de oro, en tanto que las organizaciones criminales, las Farc incluidas, se quedan con la riqueza y el Estado sigue indiferente, como si con ignorar el problema éste desapareciera. Y la reacción es de perplejidad. Y ni siquiera es posible que alguien ponga orden en el rescate de los cuerpos que fueron aplastados a veinte metros de profundidad, en socavones que se derrumbaron cuando apareció un aguacero. Entre tanto, el alcalde, el gobernador encargado y las fuerzas vivas sólo atinan a exigir del gobierno “la instalación inmediata de una mesa permanente que discuta y redireccione la política minero energética en el Departamento del Cauca”. Nada más. La misma maniobra de siempre que con el disfraz de democracia impide aplicar la ley para proteger la vida y la dignidad de los seres humanos.Es el retrato de la miseria y el atraso que ahogan al Cauca y a la provincia colombiana, mientras en Bogotá celebran que llegamos a un “desempleo de un dígito”. ¿De qué país hablan?

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