Religión y corrupción

Diciembre 06, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

El fútbol, ese deporte que está a punto de ser una religión mundial, es hoy la peor cloaca. Destapada por una fiscal estadunidense que nunca ha cedido en su intención de llegar hasta las últimas consecuencias, la olla podrida hiede y los encopetados presidentes y directivos caen como moscas, aplastados por las evidencias de su corrupción. Del fútbol siempre se ha sospechado. Pero su enorme capacidad de mover dinero sin límite creó una densa cortina, mezcla de amedrentamientos, compras de conciencia y pagos para mantener silencio o crear una imagen pública. Baste recordar la manera en que las mafias del narcotráfico se apoderaron de la federación colombiana y de los equipos desde la década de los 80, para entender lo que hoy está sucediendo. El negocio era tan grande entonces que los pases de los jugadores y las taquillas fueron inflados para lavar millones de dólares. Así mismo, las apuestas crearon tales rivalidades que hasta un campeonato, el de 1989, fue suspendido por el asesinato de un árbitro. Era un mundo sombrío, de fajo de billetes y atentados en los estadios que se lucró de la pasión de los hinchas por sus divisas. La clave del asunto de ahora está en la televisión y su inmensa capacidad de penetrar en los hogares y crear nuevos hinchas. Hoy es corriente ver a niños en cualquier pueblo de Colombia que son hinchas del Barcelona, o del Manchester United, pese a que nunca han pisado un estadio a ver un partido profesional. Igual ocurre en el resto del mundo. Por eso, el fútbol suramericano naufraga en la mediocridad porque los James Rodríguez se van a buscar el dorado en Europa. Pues ese negocio fue el caramelo del cual se pegaron los dirigentes del fútbol desde Joao Havelange y el argentino Julio Grondona. Desde ahí debe empezar la investigación. Sin embargo, la fiscal Loretta Lynch, que ha encarcelado o tiene en huida a todos los presidentes y dignatarios del fútbol en América y a varios de los vicepresidentes de la Fifa, no puede llegar a esas profundidades.Y nadie tiene certeza de lo ocurrido con la elección de Rusia y de Qatar como sedes de los próximos mundiales, que hoy son más importantes que los Juegos Olímpicos. Mientras tanto, por ahí anda suelto Joseph Blatter, el suizo sucesor de Havelange, el gran capo de la mafia que mangonea el fútbol a su antojo. Se hace el enfermo, pelea con Michel Platini como si éste no fuera su socio de todas las horas en la trama sucia y apestosa de la Fifa. Así, la dirigencia de las Federaciones en América, incluida Colombia, han sido descabezadas y nadie sabe hasta dónde llegará la cacería. Falta Europa, donde el dinero rumba a montones, los pases de los futbolistas son inflados hasta límites de escándalo, y algunas de las grandes figuras como Messi y Neymar, tienen problemas con la justicia que los acusa de evasores de impuestos. Todo está mal por donde se mire en la dirección del fútbol mundial. Pero otra cosa es la que ve uno en televisión: es la magia que enamora, es el embrujo de unos artistas capaces de hacer poemas y hazañas con un balón; es el fervor de los aficionados y fanáticos que se han convertido en miembros de sectas que adoran a las estrellas. Y entre tanto, los dirigentes huyen o se entregan, atrapados por sus delitos. Pero los adictos al fútbol, los miembros de esa nueva religión creada por la tv y los deportistas, siguen devotos a su nueva religión: el fútbol en las pantallas de televisión.

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