¡Qué tristeza!

Julio 23, 2017 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

En el apogeo de su carrera, Napoleón fue acusado de mandar a asesinar al Duque de Enghien, el heredero al trono de Francia. En su estilo autoritario, el emperador preguntó a los miembros de su gabinete su opinión sobre uno hecho que oscureció su brillante y polémico paso por el poder.

Entre los integrantes de ese grupo, casi todos atemorizados o deslumbrados por el personaje, se encontraba Talleyrand, uno de los espíritus más complejos en una época en la cual se era bonapartista o no se era nada. El exobispo guardó silencio, hasta que Napoleón lo presionó con palabras duras. Entonces dijo: “Sire, ese no fue un crimen, fue una estupidez”.

La anécdota es oportuna en momentos en los cuales el expresidente Álvaro Uribe está en el ojo del huracán por haber calificado como violador de niños a Daniel Samper Ospina. Para mí fue una inaceptable manera de referirse a quien ha usado la libertad de opinión para destruir a los demás y referirse en términos desobligantes a quienes no son de sus afectos.

Pero no fue una violación de la libertad de opinión, ni es “un asesinato moral”, como dice Samper. Por el contrario, creo que fue un intento de ambos por ganarse el espacio, el protagonismo y la fama. Con ello obligaron a muchos periodistas serios a tomar partido, a rechazar con razón la acusación y a solidarizarse con el ofendido.

Y ganaron ambos. El expresidente Uribe, porque recibió el protagonismo y la primera plana, usando lo que en él se ha convertido una estrategia. Eso era lo que él quería. Es decir, lograr el rechazo de los periodistas, hacer que los medios hablen de él por sus ataques para luego mostrarse como el damnificado de la gran prensa, logrando que sus adeptos cierren filas y aumenten la polarización que produce votos y consolida adhesiones.

Y Samper, porque quedó como la gran víctima. No importó que sus columnas, en las cuales Uribe es una circunstancia obligada y permanente porque da audiencia entre quienes lo odian, sean una sarta de improperios de mal gusto contra todo lo que se mueva. En su obsesión de ser famoso hay que ser chistoso, y burlarse de los demás produce escándalo y en consecuencia rating.

Así, los dos fueron ganadores. Pero perdió el debate público, envilecido por los improperios del uno y del otro. Perdió el partido que el expresidente ha querido mostrar como una renovación, porque quedó en medio de una pelea en la cual nada tiene que ver. Perdieron los candidatos del Centro Democrático y sus congresistas, porque fueron obligados a defender a su jefe, el que pone los votos, so pena de la excomunión y el anatema que maneja José Obdulio Gaviria.

Y perdió el periodismo, porque debió solidarizarse con quien usa la profesión para cosas tan bajas como arrancar sonrisas mostrando a Angelino Garzón como un pordiosero miserable. Sin duda sus chistes flojos y venenosos tuvieron un reverdecer con el incidente, mientras los periodistas, sobre todo los que odian a Uribe, clamaban por su libertad de expresión, la que nunca ha peligrado.

Hoy, el triste debate sigue su curso. Quizás, en algún juzgado esté andando la denuncia de Samper contra Uribe que no llegará a ningún lado. O tal vez, lo editoriales de los diarios, las caricaturas y las columnas habrán saturado los ojos y los oídos de los colombianos.

Pero no hay duda que, como le dijo Talleyrand a Napoleón, la acusación a Samper no fue un error. Fue una estupidez.

Sigue en Twitter @LuguireG

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