Pueblo y democracia

Abril 09, 2017 - 04:50 p.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Temblaron muchos con la manifestación del primero de abril. Y aunque la pavorosa tragedia de Mocoa se llevó la atención, es bueno reconocer la reaparición de un fenómeno político que hace rato no veíamos.

El pasado primero de abril, miles de personas salieron a la calle a expresar su inconformidad. Y otros tantos, respaldados por las chequeras oficiales e impulsado por los medios de comunicación, denigraron de la marcha, descalificaron a quienes expresaron su rechazo y su indignación como si todos fueran corruptos y no tuvieran legitimidad.

La marcha fue el primer evento masivo y político en muchos años. Salvo los desfiles sindicales que casi siempre terminan en asonadas, se olvidó que la política debe convencer y movilizar al ciudadano para respaldar los partidos o criticarlos, para defender al Gobierno o exigir un cambio.

Bajo el pretexto de la violencia, los líderes de la política abandonaron la calle y la cambiaron por los medios de comunicación. Les sale más barato. Pagados o no, muchos presentadores y periodistas se apoderaron del espacio, convirtiéndose en reproductores de intereses creados. Así, jefes políticos cuestionados de ambos lados, expresidentes como Samper rechazados por el pueblo, tinterillos expertos en componendas, aún tienen vigencia.

Muchos de ellos reciben la llamada diaria de los programas de variedad que truenan desde las cinco de la mañana en medio de chivas, cuñas, denuncias, escándalos y chistes. Saben éstos que los políticos de la clientela encontraron que era más fácil hablar por la radio y la televisión que convocar a la calle y demostrar respaldo popular. Y proceden en consecuencia, mostrando de las encuestas sólo lo que le conviene a unos y a otros.

Pero nadie se le mide a las manifestaciones y, por el contrario, las satanizan, tildándolas de populismo. Respaldados por algunas emisoras, los caciques políticos creen que con ello demuestran su respaldo al Gobierno y los hace merecedores de la mermelada. Y como las encuestas que contratan algunos medios rajan al Gobierno por todos lados, los presentadores lo ignoran y se concentran en los aspirantes a la presidencia.

Muchos de quienes manejan esos programas piensan primero en los candidatos que en la gente que está inconforme y necesita expresar su desacuerdo. Por eso se estrellan con la realidad, como les pasó con el triunfo del No en el plebiscito del pasado dos de octubre. Eso sí, la culpa es de las encuestas y no de ellos.

Así se destruyó la política nacional, la credibilidad de las instituciones y las movilizaciones pasaron a ser sospechosas. Es más fácil llamar al presentador de turno que comprometerse en movilizaciones a favor o en contra de lo que sucede. Como creen que eso da presencia, funcionarios, ministros, jefes políticos o mafiosos enquistados en los partidos se desviven en elogios y zalemas al saludar “a usted, a fulanito, a sutanita, a la mesa de trabajo y a sus oyentes”.

Por eso fueron tan importantes las marchas del primero de abril. Muchos analistas las tildan de fracaso y descalifican a los participantes, haciendo eco a los mensajes que salen de un establecimiento sin credibilidad. Pero, ¿quién o cuantos de los que se autonombran jefes se atreven a sacar a la calle a miles de colombianos para respaldar al presidente Santos?

Ninguno. Prefieren la comodidad de los presentadores de la radio, de la televisión y ahora de las ‘redes sociales’, una forma de reducir la opinión pública a su mínima expresión.

Sigue en Twitter @LuguireG

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