Por qué la indiferencia

Por qué la indiferencia

Julio 02, 2017 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Esta semana vivimos algo que debería ser motivo de alegría y de esperanza para un país que ha soportado quién sabe cuántos años sumergido en la violencia. Lo que no es fácil de explicar es por qué fue tan fría la respuesta de los colombianos.

Me refiero al acto simbólico sobre la entrega total de las armas de las Farc. Es decir, el final de la guerrilla más antigua y poderosa en nuestra historia, mal con el que nos acostumbramos a vivir como si fuera necesario, que nos costó lo inimaginable en números de vidas perdidas, de pobreza y de crimen sin límites.

Aunque no me gustó su retórica desafiante de siempre, reconozco que me emocionó el acto en el cual los jefes de ese grupo decían que era el final de su guerra, así como el informe de los delegados de la ONU certificando la entrega total de las armas y relatando su trabajo para destruir las más de 900 caletas donde almacenan el resto del arsenal.

También me quedaron muchas dudas sobre lo que sigue, en especial por el poder que construyó ese grupo sobre el narcotráfico. Además, me preocupa la debilidad de los argumentos del gobierno sobre cómo controlará la expansión de un negocio que amenaza el futuro de Colombia como lo ha hecho durante treinta años.

Con todo, creo que lo de esta semana tiene un gran significado que no puede ser desconocido así se hayan cometido grandes errores en un proceso en el cual se le dieron generosas y excesivas concesiones a las Farc. La pregunta es por qué tanta indiferencia y cuáles son las razones para que los colombianos sean tan escépticos sobre el compromiso de ‘Timochenko’ y sus muchachos.

La respuesta puede estar en el manoseo de la palabra paz. Es decir, la manera en que el anhelo nacional se transformó en bandera partidista, cómo se usó para dividir al país, para realizar elecciones, para marcar distancias y para estigmatizar a quienes no estaban de acuerdo con lo que se hacía o para descalificar a quienes lo apoyan.

Aclaro: la gente interesada en los asuntos públicos. Porque la demás, la inmensa mayoría, se muestra indiferente, no participa en el debate, está cansada de la manipulación, duda del compromiso de las Farc y cree que nada ha cambiado. En ello puede estar gravitando el hecho cierto de que se desconoció la voluntad de la mayoría, expresada en el triunfo del No en el plebiscito del pasado dos de octubre.

Así lo demuestran las encuestas y la fría recepción que tuvieron la participación de la ONU como garante, los discursos del presidente Santos, el premio Nobel y la paloma en su solapa. Infortunadamente, esa paz, la que ha sido casi el objetivo único de su gobierno y razón de ser del clientelismo que medra a su alrededor, seguirá manoseada.

Ahora, la campaña presidencial se hará sobre la paz oficial y de la oposición a un proceso que deja muchas dudas y más preocupaciones. Y nacerá el partido de los que se unen para desconocer lo acordado con las Farc, para reclamar ajustes que parecen imposibles, y hasta para tachar a quienes con sinceridad creen que llegó la paz.

Estamos pues divididos sobre el fin de las Farc como guerrilla. Nadie se tomó el trabajo de construir un consenso ni de “ponerle pueblo a la democracia”, consultándolo y respetando su voluntad. Y seguirá mandando el maniqueísmo que deja vencedores y vencidos en la cada vez más estrecha y estéril política colombiana.

Por eso, lo que primó el martes pasada fue la indiferencia de la inmensa mayoría que se ha sentido excluida por los detentadores del poder.

Sigue en Twitter @LuguireG

VER COMENTARIOS
Columnistas