Pongámonos serios

Pongámonos serios

Noviembre 16, 2014 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Cada que veo las noticias sobre lo que ocurre en La Habana y lo que dicen sus defensores en Colombia, me da por mirar mi diploma de abogado. Y siempre termino preguntándome para qué me enseñaron lo que me enseñaron si lo que se estila no es aplicar la ley como es sino de acuerdo con el personaje y las circunstancias políticas. Empiezo por decir que la negociación con las Farc no es entre pares, es decir, entre dos Estados. Y tampoco es con un movimiento con ascendencia política y dominio territorial. Por el contrario, es con un grupo rechazado por el 98% del país, que aprovecha los vacíos que deja un Estado incapaz de abarcar todo el territorio. En esas condiciones, no creo estar equivocado al pensar que es conveniente la negociación para acabar con la violencia de las Farc, y la magnanimidad para permitir su regreso a la sociedad a la cual le han causado daños sin nombre. Pero no veo porqué sea necesario retorcer las leyes para lograr el objetivo. Si lo que quieren es reintegrarse a la sociedad, que den muestras fehacientes ante la Nación. Que no sigan traficando drogas, reclutando niños, secuestrando policías o matando indígenas por negarse a aceptar sus avisos. Eso no es una lucha subversiva si no lo más próximo al bandolerismo y a la delincuencia común. Y mientras sigan en esas, las autoridades deberán combatirlos, lo que es muy distinto a una política guerrerista de la cual acusan a cualquiera que no se pliegue a los designios del poder. Cuando las Farc acepten su responsabilidad y hagan gestos de paz, entonces sí se podrán aplicar las excepciones que están en las mismas leyes. Y no habrá que hacer las maromas que hoy ofrecen quienes han tomado la paz como una bandera partidista. Ni seguiremos escuchando la diferencia entre un referendo y una consulta popular, mientras las Farc por su lado y el expresidente Álvaro Uribe por el suyo y en carta a Álvaro Leyva, piden una Asamblea Constituyente. Tampoco sé por qué hay que aguantarse personajes como al galeno, vate y político, don Roy Barreras, en plan de Constitucionalista, diciéndonos qué y cómo tenemos que reformar nuestra Constitución. O por qué debemos soportar las teorías del Fiscal General de la Nación, quien se empeña en encontrar la fórmula para la impunidad de las Farc, mientras la Fiscalía hace aguas y la Justicia existe cada vez menos en esta Colombia sufrida. Es que allí está la causa de la gran crisis nacional. No hay justicia porque las Cortes están cada vez más desprestigiadas, porque los procesos no se fallan, porque la impunidad es rampante. Y no hay Justicia porque no es de interés de la política. Una política desprestigiada, aprisionada por las malas prácticas, e incapaz de reformarse ante el temor de perder el poder. Tan grave es la cosa que la propuesta del Gobierno para equilibrar los poderes públicos es hoy una colcha de retazos. Vuelvo al principio para decir que es lamentable ver cómo la voluntad nacional es interpretada de manera errónea y acomodada, cambiando las prioridades de la Nación. Es claro que las Farc no son un grupo que pueda calificarse como merecedor de un trato que obligue a transformar las instituciones. Pero la crisis del Estado sí lo es, a pesar de lo cual no se hace lo que corresponde. Allí me doy cuenta porqué la ley en Colombia es apenas un juego y no el instrumento que le da seriedad al Estado Social de Derecho del que habla nuestra Constitución.

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