Pobreza extrema

Pobreza extrema

Mayo 06, 2012 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Fui invitado a Montería, Córdoba, a desempeñar por un día la labor de cogestor en el programa que adelanta la Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza Extrema. La experiencia que viví allí debo contarla. Casa Finca es una invasión cerca del río Sinú. Sus habitantes, casi todos desplazados, se apretujan en las condiciones más estremecedoras de carencias, necesidades y frustraciones. Un mundo absurdo donde la gente parece conforme con lo que le depara el cerco de la desesperanza por no saber cómo liberarse del asedio de la pobreza sin futuro.Don Manuel es la cabeza de una familia compuesta por él, su señora Ana Luisa, sus cinco hijos, su yerno y su nieta. Una enorme familia que habita en una frágil construcción de no más de tres metros cuadrados. No hay baño, no hay agua y sus necesidades deben satisfacerlas allí mismo. Su mobiliario está compuesto por dos camas donde las nueve personas deben dormir atravesadas para que quepan, de una mesita donde están una estufa eléctrica y algunos peroles. También hay algunas sillas y de las paredes de madera cuelgan un gastado corral para bebé y varias bolsas que cumplen el papel de clóset dónde guardar la ropa.Don Manuel llegó allí hace 20 años. Él es el sustento de su familia. Oficia como arenero. Todos los días y durante varias horas se sumerge en el Sinú a dos o tres metros de profundidad con un balde pesado con el cual extrae la arena que descarga en una canoa. Es una especie de sociedad compuesta por el barquero y cinco personas más, que venden su carga a un intermediario. Tantos años de ese trabajo le arruinaron los brazos, cuyos huesos se le zafan con frecuencia. Su dolor es insoportable y su señora debe pasar horas al día frotándole mentol para rehabilitarlo porque él no puede dejar de sacar arena. Y la EPS que lo atiende le dice que debe abandonar ese oficio. Fácil pero imposible. Sencillamente, si don Manuel no ‘trabaja’, su familia no come. Y su familia padece el desgaste de la pobreza. Su hija mayor tiene 15 años y ya es madre. Su hijo de 12 años ya muestra problemas de drogadicción, y los más pequeños los síntomas de la desnutrición. Un cuadro que se agudiza al saber que llevan seis años esperando una casa que les prometió un alcalde. Porque su esperanza se reduce casi a eso. Julli Bossa, la cogestora del programa Unidos, llegó a su rancho como parte del intento por sacar a los Plaza Berrío de la pobreza extrema. Ella me guió para cumplir el compromiso que adquirí: contarle al Presidente de la República y a quienes lean esta columna los problemas y los deseos de la familia. Que son muy pocos, porque la pobreza parece haber creado una barrera que les cierra la posibilidad de tener esperanza. Ahora, la familia está cumpliendo los 45 pasos diseñados por la Anspe para derrotar la pobreza extrema que padecen millones de familias en Colombia. Pasos sencillos pero tan trascendentales como dotarlos de documentos de identidad para que puedan ser ciudadanos con derechos. Ojalá lo logren. Pero sin duda, no será posible si quienes tenemos algo no respaldamos una causa noble que debe estar por encima de mezquindades y partidismos: la de romper el infame círculo de la pobreza que azota a don Manuel y su familia, es decir, a la mitad de nuestra Nación.

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