Para no olvidar

Junio 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Hace once años, el horror disfrazado de autoridad se tomó el centro de Cali. Mientras se llevaban a doce diputados de la Asamblea del Valle, las Farc le mostraron a Colombia y al mundo su idea de la participación en política. Todo empezó el 11 de abril de 2002 con el degollamiento del intendente Carlos Alberto Cendales y la impotencia de la Fuerza Pública para detener la que se convirtió en terrible odisea para doce seres humanos que fueron elegidos como voceros de los vallecaucanos en la duma departamental. Cinco años después, el 18 de junio de 2007, la masacre de once de los diputados ratificó hasta dónde puede llegar la irracionalidad de las Farc. Y seis años más tarde, todos sabemos que la arrogancia de sus dirigentes no les da para responder por el crimen, ni siquiera para presentar disculpas. Ni siquiera una referencia en sus acostumbradas proclamas de La Habana. Difícil esperar que se dignen contestar a las familias que destruyeron por los años de vejámenes, de enfermedades y abusos que padecieron los diputados. O que respondan por el salvaje asesinato que padecieron por enfrentamientos entre sus victimarios, quienes apenas dicen que fue un “error”. Ahora ignoran su obligación de reconocer su responsabilidad por uno de los tantos crímenes de lesa humanidad que han cometido. A cambio, usan el diálogo con el Gobierno para esconder bajo la palabra paz el horror que causan. Y los autores de la barbarie pretenden asimilarse al IRA, como si con ello exculparan el terrorismo que han perpetrado las Farc en Colombia. Y se lavan las manos, pidiendo una Asamblea Constituyente para refundar el Estado, como si su primera obligación no fuera explicar el asesinato de los diputados o de la familia Turbay en el Caquetá. O porqué fusilaron al sargento Peña y porqué tuvieron a decenas de policías y soldados secuestrados durante décadas en la selva. La respuesta parece obvia: para las Farc, eso es política. Para Colombia, tanto abuso y tanto desprecio por la dignidad humana es inaceptable. Ahora nos quieren dar a entender que el asunto consiste en convocar a una Asamblea Constituyente donde la guerrilla tendrá cabida por derecho propio para borrar su historia macabra y legitimar su barbarie. Es decir, para que olvidemos y perdonemos las atrocidades que cometieron con miles de ciudadanos, cuyo crimen fue no pertenecer a las Farc. Y mientras tanto, sus centenares de ONG callan. Y calla su Marcha Patriótica dirigida por doña Piedad Córdoba a quien pretendieron entronizar como la redentora de los secuestrados por ellas, por las Farc. Nada dicen sobre la atrocidad que cometieron al asesinar 11 seres humanos inermes, enfermos, perdidos en la selva donde los confinaron. Don Pablo Catatumbo, cerebro del secuestro de los diputados, también calla. No responde por el asesinato pero se pavonea en Cuba cual héroe. Y no dice nada a los familiares de los diputados. ¿Miedo? ¿Arrogancia? ¿Ambos?Ésa es la aberración de mezclar la política con las armas, como lo propone don Andrés París. Cientos de congresistas, alcaldes, concejales y dirigentes que sobrevivieron al secuestro son testigos de ese horror. Los otros, como los diputados del Valle y las fotos de los campos de concentración del mono Jojoy, son testimonios vivientes del asesinato y el terror con los cuales las Farc pretendieron doblegar la voluntad de los colombianos. Que no se nos olvide.

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