Palabras, palabras

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Ya no se sabe el límite al que pueden llegar las declaraciones...

Palabras, palabras

Septiembre 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Ya no se sabe el límite al que pueden llegar las declaraciones sobre el diferendo nacido a raíz de los abusos del gobierno de Nicolás Maduro contra los colombianos. Tan originales unas y tan denigrantes las otras, que uno no sabe si reír, llorar, rabiar o sentir lástima.Dos ejemplos muestran hasta dónde estamos llegando. La canciller María Ángela Holguín ha actuado bien en la crisis, demostrando que la diplomacia es el mejor antídoto contra el intento por involucrar a Colombia en la demencia de provocar un conflicto dirigido a ayudarle a Maduro a cambiar el resultado de las elecciones llamando al nacionalismo. Pero, en el interior, no deja de ser la bogotana distante que parece desconocer que el nuestro es un país distinto a Bogotá. “Colombia debe dejar de depender de Venezuela”, dice la Canciller. ¿Conocerá ella la frontera como debe ser? ¿Sabrá que allí no importa si el que está a su lado es colombiano o venezolano? ¿Sabrá acaso que la dependencia es mutua y que los unos y los otros sólo aprovechan las oportunidades que les ofrecen los gobiernos?La más grande de esas oportunidades es precisamente el que los gobiernos de ambos países, desde hace muchas décadas, se han hecho los de las gafas con lo que ocurre en esa frontera. Por eso, el contrabando es una profesión válida. Hoy es de Venezuela a Colombia, debido al desastre en que el socialismo siglo XXI ha hundido la economía venezolana.Pero décadas atrás, la comida colombiana y los mismos colombianos se iban para Venezuela porque el bolívar era la divisa fuerte gracias al petróleo y a la estabilidad de su economía, mientras Colombia no hacía nada por fomentar la industrialización de los municipios fronterizos, que quedaron en manos de la ilegalidad. Es decir, de las Farc, del ELN, de los narcos, de los paramilitares. Ahora es al revés, y a los criminales se ha sumado la corrupción de las Fuerzas Armadas de Venezuela, además de la destrucción de la economía en el país vecino.Entonces, el asunto no es que Colombia dependa de Venezuela. Incluso, si las empresas colombianas dejaron de vender allá es porque no les pagan. El problema es que uno no escoge sus vecinos pero la dictadura nos ha escogido como disculpa para mantener el poder.El otro ejemplo es el de doña Piedad Córdoba, o Teodora Bolívar, quien en Caracas despotricó contra Colombia y defendió el régimen venezolano. “En Colombia no podemos seguir exportando pobreza y ahora la multinacional paramilitar”, dijo. ¿Serán acaso los grupos paramilitares de las Farc y el ELN, cuyos cabecillas viven plácidamente en Caracas, extorsionan y roban en la frontera, usándola para traficar drogas y aliarse con el cartel de los soles?¿O las bandas de forajidos que usa el gobierno de Maduro para atemorizar a la oposición?¿Acaso se refiere a los grupos paramilitares que creó Chávez para aterrorizar a quienes no comulgan con el chavismo siglo XXI? ¿Pensará la amiga de la dictadura vecina en los miles de colombianos que están padeciendo el señalamiento y la expulsión para satisfacer la estrategia de Diosdadoo y compañía? Con seguridad, no. Teodora, como su socio Maduro, usan nuestra nacionalidad como pretexto para mantener la dictadura en Venezuela y extenderla a Colombia.Son dos ejemplos de cómo se abusa de las palabras. Por eso, Rubén Darío Valencia, editor general de Q’hubo y curado de espantos, está indignado por lo que doña Piedad dice contra los colombianos. Y yo perplejo ante la distancia de la Canciller con el resto de Colombia.

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