País formal y país real

Mayo 29, 2011 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Qué bueno que, aunque trasnochados, los gobiernos y los legisladores tomen decisiones para enderezar las cosas en este país del Sagrado Corazón. Pero qué malo que la sociedad no le haga caso a esas decisiones, con lo cual la seguridad y la convivencia se convierten en objetivo imposible de alcanzar.Es la diferencia entre el país formal, conformado por los funcionarios que piensan que basta un anuncio o una ley para resolver los conflictos de una nación estremecida por la migración que genera la necesidad. Y el país real, que se fabrica a diario a golpe de inventar cualquier cosa para ser alguien, para hacerse rico o para tener con qué comer. Tres ejemplos demuestran la confrontación permanente y terca entre los dos países. El pasado 18 de mayo, el Gobierno Municipal ordenó desalojar el espacio público de las troncales del MÍO en las calles 13 y 15 del centro de la ciudad. Son espacios necesarios para usar el sistema y facilitar la circulación en zonas muy concurridas.El sentido común indica que a todos los caleños, empezando por los comerciantes, les conviene la decisión. Pero al país real, el de quienes usan la necesidad como pretexto para desconocer las medidas que defienden la convivencia, tal decisión es un atropello. Entonces se lanzan a la calle y bloquean el MÍO, pidiendo a la Alcaldía que les “defienda su trabajo”. ¿Qué los defienda de quién? ¡De la propia Alcaldía!Otro ejemplo: el robo de celulares es una amenaza pública que produce muertos y afecta la tranquilidad de miles de personas atemorizadas. Ya nadie sabe que hacer para evitar que lo atraquen por tener un celular. Y mientras tanto, el negocito de vender minutos se ha convertido en herramienta eficaz para la extorsión, al aprovechar el anonimato que implica el no saber quién hace las llamadas. Entonces, el Gobierno toma la iniciativa de obligar a los beneficiarios del caos, las empresas de celulares, a bloquear los aparatos que se reporten robados y extraviados. Y presenta un proyecto de ley creando requisitos que deben servir para acabar con el mercado negro de celulares y declarándolo como delito con penas severas para quien lo cometa o ayude al delincuente. El país formal busca entonces defender la vida de los ciudadanos y recuperar la convivencia. Pero al país real le parece un crimen, porque deja a muchos sin trabajo. Y se lanza a la calle en Cali, Bogotá y Medellín para exigir que no se apruebe la “inmoral” ley por que destruye empleo. Es como reclamar que los ladrones de celulares, incluidos los asesinos, o los extorsionistas, también tienen derecho a ejercer su oficio.¿Y las normas de tráfico? Ideadas para ordenar la vida en sociedad y proteger la integridad de peatones y conductores, son rey de burlas porque a muchos motociclistas, a los conductores matones, a los choferes borrachos, les parece un crimen que les cohíban su “derecho” a la locomoción. Para ellos, para ese país real que está en las calles, la señal que indica una vía invita a transitar en sentido contrario. Son tres ejemplos de lo que se vive en Colombia porque el individualismo nos lleva a creer que la libertad no tiene límites y que tenemos derechos más no obligaciones. Que tenemos un país democrático y amante de la paz, mientras la informalidad desconoce las leyes que garantizan la vida y la convivencia. Es el país real que desafía al país formal.

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