Nuestro problema

Nuestro problema

Marzo 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

El enfoque que se le ha aplicado a los cultivos ilícitos y el narcotráfico vuelve a poner en peligro a la sociedad, al Estado y a la reputación que tanto esfuerzo nos ha costado recuperar. La pregunta es cuándo aparecerá la nueva política contra ese enemigo y cuál será su contenido.Hace unos días leí en una entrevista al ministro del posconflicto, Rafael Pardo, que “la cifra del año pasado (de cultivos ilícitos) es casi igual a la del 2007”. Pues resulta que es de 159.000 hectáreas, muy cerca a las 169.800 que teníamos en el 2001 cuando llegamos a ser un estado fallido. Fue la época en las que las Farc, promotoras de esa expansión y ya convertidas en el cartel de drogas más grande del planeta, amenazaba con tomarse el poder. Ahora producimos más de 800 toneladas de cocaína al año, suficiente como para que decomisen 300 toneladas. Y adivinen a quienes favorece esa riqueza.Es la amenaza que nos faltaba, la de revivir un fantasma que ha alimentado todas las formas de violencia en los últimos treinta años. Es alimentar el conflicto. Sin duda, al crecer el consumo crece la oferta. Pero es que para Colombia, el problema no es si crece el consumo mundial. Es, simplemente, si crecen el narcotráfico en toda su complejidad y los ingresos para sus propietarios. Nuestro problema es el mundo ilícito que se mueve alrededor de esa industria y ocasiona el 80% de las muertes que se registran en el suroccidente del país, empezando por Cali. Es el monstruo que se ha dejado crecer de nuevo desde 2.600 metros más cerca de las estrellas, en Cauca, Putumayo, Nariño, Chocó, el Valle, el Caquetá. Es el producto de la ausencia de un Estado que debió hacer un esfuerzo máximo para recuperar la soberanía y arrebatársela a los delincuentes, pero ahora parece negociar esa recuperación. Por eso, en Cali estamos rodeados del mundo de la ilegalidad que encabezan las Farc y es aprovechado por toda suerte de delincuentes. Ese mundo se apoderó de Buenaventura, Tuluá, Palmira, Santander de Quilichao, Corinto, Caloto, Buenos Aires, Miranda, Puerto Tejada. Esa es la razón por la cual aquí llegaron los Urabeños y los carteles mexicanos crean franquicias. Y en las calles se vive la guerra del microtráfico que contaminó las sociedades, está destruyendo sus costumbres, desplazando a miles de familias y matando a nuestra juventud.Ese es el mundo al cual se le va a perdonar mediante el recurso fácil de declararlo delito conexo, al cual le suspendieron la lucha frontal de las Fuerzas Armadas que lo redujo a 49.000 hectáreas en 2010. Por supuesto, ello significó acortar el área controlada por las Farc, razón de ser de su debilitamiento. Ahora, sus jefes alegarán que tienen control sobre las 159.000 hectáreas y sobre los 60.000 productores que reconoce el Ministro de una cartera que no existe, al cual le han puesto a responder por una política que él no puede defender porque tampoco existe. El crecimiento de los cultivos ilícitos y de la producción de cocaína es la causa de la violencia en el suroccidente colombiano, que tiene el mismo perfil en todas partes. Ese es nuestro drama. Pero desde Bogotá se empeñan en que el problema es de salud pública y de los consumidores en los Estados Unidos, no nuestro por haber bajado los brazos en la lucha contra el enemigo, el narcotráfico en todas sus expresiones. Eso es ignorar la tragedia que vive la provincia colombiana y destruye la paz por culpa de la ausencia del Estado.

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