Nuestra Helena

Febrero 13, 2011 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Un día de noviembre de 2002 resolvió que se iba para Bogotá. Quienes la conocíamos creímos siempre que aquí regresaría.Decidimos hacerle una despedida, después de saber que ya había vendido su apartamento, que ya había empacado hasta a la Monja, la Alicia de todas las horas que se sentaba a tejer con paciencia mientras la música inundaba la casa. Mario Fernando escribió una columna memorable, Raúl llamó a reunión de los mozos y maridos. Y Fernando Gamboa, el Mono Galleta según la homenajeada, llevó la guitarra. El almuerzo era en Azul y tenía un límite: las tres de la tarde, hora en que pasaría el carro de Adriana para llevarla al aeropuerto. Fue una despedida de diez hombres a una mujer. Una mujer, ella sola, que llenaba el restaurante con su vitalidad sin límites, con su humor inteligente, con su voz incomparable. Eso era suficiente para olvidar el tiempo, como si quisiéramos todos que no llegaran las tres. Pero llegaron las tres, el chofer, y el reclamo porque la iba a dejar el avión. Entonces le pidió al Mono que le acompañara la Golondrina. Después de decir que esa canción sólo se la oyó a su mamá hace 50 años, Fernando dio el primer acorde. Y ella cantó: “Golondrinas de un solo verano/ con ansias constantes de cielos lejanos. Alma criolla, errante y viajera/ querer detenerla es una quimera. Golondrinas con fiebre en las alas, peregrinas borrachas de emoción. Siempre sueña con otros caminos/ la brújula loca de tu corazón….” Y ella se fue. Cinco años después regresó con la Monja, con su trasteo, con su vitalidad, con su risa. Ya estaba tocada por la enfermedad. Un día supo que sus amigos estaban grabando un disco y que a ella, que tanto conocía esos menesteres, no la habían invitado. “Para opinar, así no cante”, exclamó. Fue a un ensayo y entusiasmó tanto a esos amigos que le dijeron que tenía que cantar. Y se entusiasmó tanto que cantó.Y volvió a grabar con su voz ya no ronca sino profunda: “Si dices que nunca/ te acuerdas de mi/ esconde la cara/ no sabes fingir…”. Una sola versión bastó. La magia volvió porque ella volvió. Roberto, Uldarico, Raúl, los monos Gamboa y Velasco, Hernando, Gerardo, María Victoria, sentimos en lo más hondo su regreso. Y ella, como si nada pasara, llamó a decir que debían repetir la grabación porque le faltó “perrengue”. El lunes pasado se fue Helena; “Del todo”, como diría Prado. En el Teatro Municipal, la gente le rindió el mejor de los homenajes. Fueron seis horas en las cuales le dijeron que pertenecía a su pueblo. Cantaron sus canciones, le rezaron, la lloraron, la aplaudieron, se rieron, se abrazaron, le dejaron flores, banderas, cirios. Y la despidieron repitiendo “usted es un mal hombre sin nombre, señor”, como si fuera el himno.Y en la iglesia, en la despedida, ya no éramos los mozos o los maridos o los músicos o los amigos. Éramos como viudos que mirábamos para cualquier lado buscando a nuestra Helena. Entonces cantó Liliana Montes: “Criollita de mi pueblo, pebeta de mi barrio/ la golondrina un día su vuelo detendrá/ no habrá nube en sus ojos/ de vagas lejanías/ y en tus brazos amantes/ su nido construirá. Su anhelo de distancias se aquietará en tu boca/ con la dulce fragancia de tu viejo querer./ Criollita de mi pueblo/ pebeta de mi barrio/ con las alas plegadas/ también yo he de volver”.

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