“No me toquen”

“No me toquen”

Diciembre 15, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Curiosa manera de interpretar la función pública la que pretende imponer Gustavo Petro: “Yo puedo hacer lo que quiera porque a mí me eligieron para eso. Y no acepto que deba rendir cuentas ante nadie ni responder por las barbaridades que he cometido como alcalde de Bogotá”.Esa es su filosofía. Para él, la Constitución es buena cuando le permite llegar al poder. Pero es mala cuando crea figuras como la Procuraduría y le da poderes para sancionar las malas conductas de los funcionarios públicos como él. Figura que fue ratificada e incrementado su poder sancionatorio por el entonces copresidente de la Constituyente de 1991, Antonio Navarro Wolff.Esa previsión, importante para la democracia porque castiga los abusos de poder y las desviaciones, ha servido durante 12 años para sancionar a miles de funcionarios que cometieron faltas al código disciplinario, aprobado también por Petro. Ahora resulta que no puede aplicársele. Que hay que pasar por alto las barrabasadas que cometió en su obsesión por cambiar el manejo de las basuras en Bogotá. Porque no es castigado por razones ideológicas si no por la forma en que hizo uso del poder: a la brava, pasando por encima de la ley y poniendo en peligro la salud pública. Lo más sorprendente es la manera en que los medios de comunicación bogotanos han ayudado a convertir a Petro en mártir. Hace un año, ilustres periodistas capitalinos agotaron los términos para calificar los horrores que cometía Petro. Lo denunciaban, mostraban fotos y documentos sobre el caos que padecía Bogotá y condenaban su prepotencia, sus desaciertos, sus delirios dictatoriales que hicieron renunciar más de 30 secretarios de despacho, incluido Navarro Wolff.De pronto, después del fallo de la Procuraduría que se atreve a analizar en detalle las fallas de Petro en el manejo de las basuras, a revisar el daño que causaron y a describir las intenciones del Alcalde que lo hacen merecedor de una sanción, ignoran lo que decían hace un año de quien es modelo de ineptitud envuelta en populismo. Es la cultura del cójanlo, cójanlo, cuando la autoridad persigue a un delincuente y suéltenlo, suéltenlo, cuando lo obligan a responder por sus actos. Y todo por una parcialidad política que destruye la objetividad y llega ya al sectarismo. Por supuesto, Petro sacó su estirpe de dictador. Al estilo chavista, con discursos incendiarios, usando un bien público como el Canal Capital, que no es del alcalde ni de sus acólitos si no de la ciudad, para buscar respaldo y promover marchas. Su mensaje es terminante: “No me toquen, yo estoy por encima de la ley”.Y sus aliados son una variada gama de intereses que da tristeza: desde el delegado de la ONU para los Derechos Humanos, un tal Tony Howland, hasta el fiscal Montealegre quien investigará a la Procuraduría por el delito de cumplir con su deber y sancionar una conducta irregular. O el embajador gringo que sin asumir su cargo ya mete sus manos donde no debe, y aspirantes al Congreso como Vivian Morales, la esposa de Carlos Alonso Lucio. Y no faltaron las Farc que tratan de desviar la atención declarando que la sanción afecta el proceso de paz. ¿Acaso es eso peor que matar a nueve personas con un bombazo en la plaza principal de Inzá? ¿Por qué no hicieron lo mismo cuando la Procuraduría sancionó a centenares de alcaldes y gobernadores por conductas similares a las cometidas por Petro? Adivine el lector.

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