Más borrachos, menos educados

Más borrachos, menos educados

Diciembre 08, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Y luego nos preguntamos por qué tenemos los peores índices de violencia en el Planeta. Y tratamos de encontrar en otra parte la solución al atraso y la ignorancia que nos deja el que no seamos capaces de cambiar lo que nos hace daño. Es que no hemos podido acabar con la herencia española de tener un Estado cantinero que obliga a los Departamentos a financiar la salud con la venta de alcohol que embrutece y a diario causa miles de muertos en accidentes y riñas. Es que en el Congreso no se considera importante combatir las conductas que crean falsos modelos de vida: si tengo plata puedo hacer lo que quiera, como comprar un carro o una moto, emborracharme y pasar por encima de la gente. O emborracharme porque me va bien, porque me va mal, porque me caso, porque me descaso, porque nace alguien, porque se muere alguien, porque ganó mi equipo, porque perdió mi equipo, porque conseguí trabajo, porque perdí el trabajo. Es decir, en Colombia creamos un Derecho fundamental que no está en la Constitución: el derecho a emborracharse por todo y luego causar estragos. ¡Qué injusticia! El asunto es cultural. Por eso los congresistas de la Comisión primera se niegan a imponer sanciones económicas y administrativas a los borrachos que se convierten en amenazas sociales cuando toman el volante. Y muy pocos tienen tiempo para entender el terrible efecto que ese alcoholismo nacional produce en el comportamiento de los colombianos. Pregunten cuántas riñas se producen por hora en Colombia a causa del alcohol. Pregunten cuántos mueren y cuantos quedan lisiados por esas riñas o por los accidentes de tránsito que se originan en las borracheras. Se darán cuenta entonces que ese alcohol y ese Estado cantinero están en la raíz misma de la violencia nacional. Es esa constancia alcohólica, que promueve y celebra el embrutecimiento, la que nos hace figurar en el lote puntero del listado de países con más borrachos del mundo, mientras seguimos en la cola de las mediciones sobre educación. Sí, porque no hemos entendido qué clase de educación necesitamos para vivir en paz y mejor, y para que la juventud tenga conocimientos que le permitan decidir cómo puede ser mejor persona y buen ciudadano. Esa es la otra cara de la moneda. A la par con la férrea oposición a acabar con el Estado Cantinero y los borrachos al volante, está la desidia legendaria frente a la educación pública como factor de progreso y convivencia pacífica. Como gran parte de nuestros congresistas y dirigentes públicos están tan ocupados en otros menesteres, con seguridad se desentienden de lo que significa que Colombia esté en los últimos lugares de las pruebas Pisa con las cuales se mide la calidad de la educación en el mundo. Es como si aquí se temiera a la independencia y libertad que significa ser educado, y se prefiriera el alcohol a los libros y el saber. Por eso estamos en la que estamos: tratando de convencer a un puñado de congresistas, no más de 10, sobre la necesidad de actuar contra los conductores borrachos. Mientras tanto, la educación pública, capturada por sindicatos egoístas, es incapaz de formar a las nuevas generaciones para que sean libres y puedan escoger opciones distintas al alcohol, la muerte y el atraso. Es el clientelismo que se niega a cambiar los borrachos por los educados.

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