Los enemigos de siempre

Los enemigos de siempre

Octubre 15, 2017 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Además del narcotráfico, la ausencia del Estado que está al lado de la gente para garantizar sus derechos y el centralismo asfixiante que no entiende lo que pasa en el resto del país, son los grandes obstáculos para hacer la paz en Colombia.

Una y mil veces, los periodistas de la provincia y quienes se arriesgan a cubrir los hechos que ocurren lejos de la capital han contado lo que sucede. Por ejemplo, han demostrado con hechos y hasta la saciedad que hace muchos años las Farc dejaron de ser aquel movimiento dedicado a defender reivindicaciones sociales o a proponer cambios políticos, para transformarse en el mayor cartel de drogas ilícitas del país y uno de los más poderosos en el entramado del negocio de narcóticos en el mundo.

También se ha desnudado la manera en la cual ese negocio se utiliza para conseguir dominio territorial mediante la expansión de los cultivos de coca y, de paso, crear las bases que requieren para su incursión en la política. Así nacieron las organizaciones de cocaleros que exigen reconocimiento y cercan a la autoridad cuando trata de cumplir con su deber. Es decir, cuando emprenden la obligación de erradicar esos cultivos pues los supuestos campesinos se resisten a hacerlo mientras reclaman los subsidios que les ofrecieron.

Al frente está un Estado ausente, deslegitimado por la corrupción y el clientelismo e incapaz de ofrecer alternativas de desarrollo. A cambio sólo tiene los subsidios que no cumple y los impuestos que no le alcanzan, imposibilitado para resolver los problemas de la tenencia y propiedad de la tierra o para convertir a los agricultores y campesinos en verdaderos motores del progreso y depositarios de la soberanía. Por eso, los soldados y policías deben actuar para contener la ilegalidad y se arriesgan a protagonizar hechos como los de la vereda Costa Rica de Tumaco.

Eso se sabía. A cambio, quienes montaron la ilusa política de subsidios que ahora se aplica creyeron que renunciando a las fumigaciones iban a ganarse el favor de los colombianos, y que firmando acuerdos para la erradicación con las Farc desmontaban el negocio que ahora pretenden legalizar. Mientras tanto, las ONG, movimientos como Marcha Patriótica y otras tantas del mismo corte fortalecieron lo que llaman ‘movimientos sociales’, eufemismo con el cual disfrazan el intento por justificar el narcotráfico como respuesta a la injusticia y la inequidad.

Ahora, y en medio de un proceso mal negociado y peor ejecutado, los inventores de esa política no tienen cómo responder a lo que está sucediendo en el Pacífico, en Tumaco, en Putumayo, en el Catatumbo, en el norte de Antioquia, en el Cauca y en toda la Amazonia. Su política contra el narcotráfico fracasó y no tienen cómo reemplazarla, por lo cual deben mandar cartas a las Farc diciendo que sí cumplieron sus compromisos mientras los policías y soldados vuelven a estar en la primera línea de las acusaciones por violaciones de los derechos humanos.

La consecuencia es un país cercado por los narcocultivos, por el microtráfico que destruye el medio ambiente, las culturas y las comunidades, donde la autoridad es objeto de desprecios y desafíos. Esa es la realidad y no la que pretenden imponer con descalificaciones en Bogotá, dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas. Es la herencia que nos dejan el narcotráfico y la ausencia o debilidad del Estado, los enemigos de siempre de la tranquilidad en Colombia.

Sigue en Twitter @LuguireG

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