Las dos Colombias

Mayo 12, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

La una está en la capital, reclama solidaridades para el proceso que adelanta el Gobierno con las Farc y ve en la crítica un enemigo de la paz. La otra sufre en carne propia los vejámenes, se siente desprotegida, es escéptica y pesimista y no conoce una letra de lo que se negocia en La Habana.El pasado 4 de mayo asistí a un foro sobre libertad de expresión organizado por la Fundación Nuevo Periodismo. En la cita para hablar de lo que le ocurre a los periodistas que se atreven a contar lo que pasa en Colombia, se pudo oír al Ministro del Interior, al presidente del Senado y al presidente de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes. Empezó don Roy Barreras dando cátedra sobre el papel de los medios en el conflicto, pidiéndoles que se sumaran a la iniciativa gubernamental, hablando de cosas como “periodismo y pedagogía”, o de “construir actitudes de opinión pública para construir la paz”. Me quedó la duda si lo que quiere es fijar la agenda del periodismo, que no haya crítica o que no se cuente lo que pasa en regiones como el Valle y el norte del Cauca, donde las Farc usan el terror a discreción. Después habló el sombrío Iván Cepeda. Y el susto no podía ser mayor: según el integrante de la Marcha Patriótica, el problema de comunicación en Colombia se arregla con la creación de un “Régimen de Comunicación Democrática”, al estilo de la ley resorte que impuso Chávez en Venezuela y de la ley de periodismo creada por Correa para silenciar a la prensa opositora y apoderarse de los medios libres del Ecuador. Cepeda mostró lo que el periodismo hizo en Irlanda con el proceso de paz pero omitió explicar que las causas del conflicto son muy distintas a las nuestras. Y no contó que los medios de ese país se convirtieron en promotores del proceso cuando el IRA demostró sinceridad en su voluntad de paz. Todo lo contrario a Colombia, donde las Farc se burlan del deseo de paz de los colombianos. Y llegó el ministro Fernando Carrillo quien se atragantó de críticas contra el expresidente Pastrana y al lenguaje que usa el periodismo para referirse a lo que el país padece como la violencia. Habló de una extraña teoría “negacionista” y descalificó a quienes, como su jefe el entonces Ministro de Defensa, dijeron en el gobierno de Uribe que había que “aplastar a la guerrilla”. Es decir, ya no se puede decir secuestradores a los secuestradores, llamar masacre a las masacres y terrorismo al terrorismo o afirmar que la intención de las Farc ha sido siempre “aplastar” a la Nación. Hasta allí el foro en Bogotá. Un mes antes, Vallenpaz me invitó como moderador en un panel con campesinos de Buenaventura, Miranda, Caloto, Guachené, Pradera y Florida. En dos horas, los invitados contaron su vida en la frontera del conflicto, mostrando la confusión que vive el resto del país sobre lo que ocurre en la zona y la ignorancia que reina sobre lo que se negocia en Cuba.Son las dos Colombias. La que se obsesiona con la “paz bogotanizada” como la denominó el ministro, y desde las alturas del poder quiere ordenar y no escuchar. La otra, la de los que piden que los oigan y pretenden que el Estado les garantice una vida con tranquilidad. Y en el medio está el periodismo que tiene la obligación de contar la verdad, así moleste a Roy y al señor Cepeda. Para eso es la libertad de expresión.

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