La vida o la muerte

La vida o la muerte

Noviembre 17, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Mientras celebramos el regreso de la confianza y de la capacidad para cambiar nuestra ciudad, en las mismas calles de esta Cali existe otra, donde la tragedia es la norma y la juventud se despedaza en la desesperanza y el no futuro. Es la cultura de la vida o la muerte que rumba en los barrios populares. Son las venganzas, el alcohol y las drogas para explicar lo inexcusable. Es la disputa política que usa las estadísticas para descalificar a cualquier autoridad por la matazón que vivimos, en lugar de generar la movilización ciudadana que necesitamos para defender la vida. Es la indolencia que nos producen los seis u ocho los muertos que cada día se levantan en las calles de la capital mundial de la salsa. Es el no querer ver la verdad para poder ganarle la partida a ese enfermizo desprecio por la vida que consume jóvenes, niños, mujeres y futuro. Es esa verdad que tratamos de ignorar, y disfrazamos con indignaciones fingidas. Es la actitud que nos lleva a buscar con curiosidad morbosa porqué matan a alguien, en lugar de unirnos para condenar cualquier asesinato. Es ese buscar los pecados del prójimo para justificar su lapidación, la muestra de que nos sentimos impotentes para luchar contra la muerte, o mejor, para defender la vida como valor supremo.Tal actitud, cercana a la derrota, hace que ignoremos el manejo que se está dando a los menores infractores. A que no pensemos en la necesidad de arrancarlos de la violencia que alimenta el atraso, la desesperanza y la marginalidad. Es la que nos hace espectadores impasibles de la tragedia que ha construido el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar al no cumplir con su obligación de ofrecer oportunidades para los niños que debe formar, y de construir un sitio decente donde se alberguen los menores condenados o en trance de judicialización. A ellos se les desconocen los derechos más elementales, mientras la policía debe habilitar sus radiopatrullas como reclusorios y los jueces no pueden cumplir sus funciones. Pero no existe la protesta social contra semejante desconocimiento de la dignidad humana. Como no aparece el esfuerzo para cambiar la cultura de esas madres que incitan a sus hijos para que se conviertan en sicarios y ladrones, con el argumento de que “hay que poner algo en la olla”. Claro que existen las organizaciones criminales que se lucran de ellos, protegidas por la impunidad y la falta de decisión para combatirlas. Quizás esas organizaciones sirvan para justificar el terror que se vive en varias comunas de Cali, alimentado por quienes se niegan a controlar la venta de licor que fomenta la intolerancia y la muerte, o a aplicar el desarme, argumentando la necesidad de los buenos de defenderse de los malos. Ése no puede ser el argumento para explicar el baile entre la vida y la muerte que se vive en muchos sectores de nuestra ciudad.No puede extrañarnos que el 20% de los asesinatos que aquí se cometen sean ejecutados por sicarios menores de edad, cuya esperanza de vida no supera los 18 años. Es que a sus padres y a la sociedad se les olvidó que la importancia de vivir y respetar la vida de los demás debe grabarse en la mente de cada ciudadano. Por eso vemos la tragedia como si fuera algo normal que nos libera de nuestro deber de construir soluciones de vida antes que estadísticas de muerte.

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