La pesadilla de siempre

Julio 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Qué pena tener que seguir hablando sobre las Farc, el proceso de paz y la violencia. Sin embargo, esa es nuestra realidad, que no podemos ocultar así pretendan convencernos de que estamos al borde del posconflicto y la felicidad. Ahora hay que citar el problema de las drogas ilícitas y los informes que vuelven a ponernos en el primer lugar del negocio. Según la ONU, el área de los cultivos de coca, marihuana y otras yerbas, creció 44% entre el 2013 y el 2014. Y la producción de cocaína pasó de 229 toneladas a 442, es decir, un 93% más. ¿Dónde? En el suroccidente del país, Putumayo, Nariño, Cauca y Caquetá. Y en Norte de Santander, en concreto el Catatumbo, en el Meta y algunas regiones de Antioquia. ¿Y quiénes se benefician? Ya no hay carteles, porque les quitaron el monopolio y porque se atrevieron a desafiar el establecimiento. Las Bandas Criminales son cada vez más marginales ante el combate efectivo de la Policía y del Ejército. Entonces, queda un gran beneficiario, calificado en el mundo y desde hace 10 años como el principal cartel de la droga: las Farc. Mientras eso se sabe, el país se ha ido adormeciendo, direccionado como está por el afán de lograr un resultado en la negociación de La Habana, con la cual se piensa que terminará la violencia porque los integrantes del grupo ilegal serán guardianes de la legalidad. Pero no es así. Lo ocurrido es lamentable: Colombia no tiene política antidrogas. Que es necesaria no como estrategia de guerra sino porque es obligación del Estado combatir el recurso con el cual se financian las organizaciones criminales. Primero fueron los carteles, después la guerrilla. Ambos llegaron a acumular tal poder que produjeron el más grande desafío a la democracia, en ambos casos disfrazado bajo el discurso de revolución social contra la injusticia.Sin duda, es mejor tratar las drogas ilegales como un asunto médico. Pero lo que sucede es que el país es un productor que genera recursos ilimitados para financiar la violencia. Es lo que está pasando. Cuando se mira el mapa de las zonas donde crecen los cultivos y se contrasta con el de la expansión de las Farc, coinciden. Y con las cifras de la ONU se puede afirmar que esa organización está volviendo a generar la riqueza necesaria para desafiar al Estado. Entonces, el asunto no es de crear Zonas de Reserva Campesina para dar a entender que ahí está la solución del campo, si no de reconocer que los narcocultivos crecen bajo el control de las Farc. Los campesinos que viven allí sólo reconocen como autoridad a ese grupo porque el Estado, el que no ve más allá de Bogotá, no ha hecho presencia en sus regiones y problemas como corresponde. Y frente a ello, los ministros tratan de desviar la atención sobre una realidad incontrastable: Colombia sigue improvisando en un tema que amenaza la estabilidad de sus instituciones. Y el centralismo que ellos representan no parece dispuesto a ejercer la soberanía en los territorios donde las drogas son la moneda corriente, a cambio de lo cual ofrece a las Farc mantener sus hegemonías, disfrazadas de democracia. En síntesis, el narcotráfico es de nuevo una pesadilla, y quien la está explotando son las Farc, aprovechando los espacios que les brindan. Ellas aprendieron del Caguán, y ya no necesitan ejércitos gigantescos. Van detrás del negocio. Es su nuevo rearme, al que hay que ponerle toda la atención, antes que el narcoterrorismo nos reviva épocas terribles.

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