La muerte en Cali

Agosto 01, 2010 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Un sicario de 17 años de edad entra al campus de una universidad y frente a cientos de personas le descerraja tres tiros a un decano. Y la reacción de la sociedad no es unirse para expresar su rechazo, para reclamar a las autoridades correctivos y condenar a los autores de esa ola de destrucción social que significan los niños sicarios. No. La reacción es dudar de la víctima, preguntar por sus intereses sexuales, vincularlo con pasajes raros de la política, recordar sus supuestos padrinos. Y contar, con morbo y fruición, cuáles son los antecedentes del asesino, sin que haya espacio para la reflexión de esa sociedad sobre el incremento de casos en los cuales los victimarios y delincuentes son los menores. Otros se burlan por la falta de reacción de los guardaespaldas del decano, sin que se pregunte por qué diablos un profesor tiene que sentarse en una cafetería de su universidad a almorzar con guardaespaldas armados.Mientras tanto, las autoridades civiles, las elegidas para resolver los problemas de esa sociedad, se enfrascan en debates con la Policía, en un intento, el milésimo en las últimas cinco administraciones municipales, por evadir la responsabilidad que les corresponde en el derramamiento de sangre que ahoga la conciencia colectiva de la que se denomina la capital de la alegría. Y el periodismo hace el papel de buitre, a la espera de la carroña que arroja una sociedad donde se desaparecen el respeto por la vida y la capacidad de asombro ante la barbarie.Es la consecuencia de no asumir la responsabilidad que corresponde en el hecho terrible de que la muerte es la gran protagonista de la actividad social en Cali. Es la barahúnda de los individualismos encabezados por esos alcaldes que han preferido proteger su imagen antes que arriesgarla creando conciencia sobre el impacto que produce la indiferencia de sus electores en la criminalidad. Y seguida por quienes han convertido las estadísticas de muerte en su razón de ser, abandonando la obligación social de reclamar por el derecho a la vida y enseñar a respetarlo.Por eso, la muerte es nuestra principal invitada y hasta nos hace falta. De ella viven los noticieros, los periódicos, las emisoras. De ella se nutren las ONG, las ambulancias, las funerarias y con ella aseguran su poder las mafias. Para los muchachos de los barrios donde el Estado llega a reprimir de vez en cuando, la muerte se volvió una forma de ganar reconocimiento social, de vivir hasta cuando los maten. Como ellos saben que su muerte está próxima, gastan con desenfreno lo que les queda de existencia.Pero la sociedad no sabe qué hacer, limitándose a presenciar entre impasible y desesperanzada la discusión frecuente sobre si la responsabilidad es del Alcalde, de la Policía o de la Justicia. Acostumbrados a padecer esa lacra en silencio o acorralados por la muerte que los espera en las esquinas e insensibles porque sus líderes públicos, con pocas excepciones, fueron superados por las estadísticas del horror, los caleños nos levantamos todos los días dándole la bienvenida a la señora muerte. Y, como en el poema de León de Greiff, aquí nos toca repetir: “!Señora Muerte que se va llevando/ todo lo bueno que en nosotros topa! (…) ¿dónde están las almas íntimas, hermanas…? ¡Señora Muerte se las va llevando!”.

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