La máquina de sueños

La máquina de sueños

Septiembre 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

¿Se imagina usted qué hará si se gana los $90.000 millones del Baloto? Usted es uno de aquellos que piensa en resolver su vida con un golpe de suerte. Por eso compra loterías, buscando ganarse el terminal porque aquello de acertarle a las cuatro cifras del mayor más las tres de la serie, es cosa de milagros. A pesar de reconocer que la ley de las probabilidades no se lo aconseja, usted persevera.Y todos los miércoles y sábados hace cola frente a la máquina azul. Usted aumenta su apuesta mientras crecen sus sueños. Sabe qué le falta, qué va a comprar y a quién le va a contar su buena fortuna. Que no es un asunto menor, porque parte del premio es poder mostrar que salió de pobre.Entonces usted empieza a ser parte de una comunidad compuesta por rivales. Son los compradores adictos, los esporádicos, los necesitados, los maniáticos, los arruinados que se encuentra en las colas frente a la máquina azul. Son colas que crecen de forma proporcional al premio. Hileras de personas que se ríen con su vecino sin tener claro que él puede quitarles el premio. Claro, usted está seguro que el ganador será usted. Y no cree en las frías estadísticas que dicen que existe una posibilidad en 8.125.000 de ganar el premio. Ni en los fetiches que afirman que los premios caen en poblaciones remotas que no figuran en el mapa. No, usted tiene fe en su intuición y le apuesta a la secreta combinación que escogió. Tampoco le para bolas al hecho cierto de que la inmensa mayoría de los premios los han ganado números automáticos escogidos por esa máquina vendedora de sueños inalcanzables que usted mira, a veces con amor, a veces con recelo y la mayoría de las veces con desconfianza. Es que son muchos años invirtiendo en ese armatoste al cual usted espera llegar, el último paso para tener acceso a $90.000 millones. Con ellos, usted podrá regalarle lo que quiera a su mamá, resolverá los problemas de su hija abandonada por la suerte y el marido, o del tío desempleado, o de la vecina desahuciada por las deudas. Entonces empieza a pensar en la cantidad de personas que, de pronto, lo rondarán. Y se dará cuenta de que tiene que abandonar su casa. Y su barrio. Y su ciudad. Y su país, porque la cola de lagartos, de pedigüeños, de ladrones, de caballeros de industria, de periodistas y toda suerte de alepruces, no tiene nombre. De pronto se da cuenta que usted puede vivir como Ardila Lülle. Sólo que usted no es Ardila Lülle. Y se preocupa. Pero mira la máquina azul, y se tranquiliza. Al final, usted puede sacrificarse. Incluso acepta resignado que deberá pagarle $20.000 millones al Estado por impuestos. Es decir, perder el anonimato. Es decir, conseguir contadores y administradores y bancos que le cobran hasta por la sonrisa. No importa: Usted aprendió la resignación cristiana.Al llegar al frente de la máquina azul y llenar el formulario, sus manos tiemblan. Su cabeza sigue dando vueltas, llena de planes, de donaciones por hacer. De gente a la que va a ayudar. Paga y se va para su casa. Por la noche ve el sorteo. Y se desinfla. Ni usted, ni nadie, ganaron. Entonces respira con alivio. El próximo miércoles repetirá el rito con la misma gente y la misma esperanza, aunque crea que eso no se lo gana nadie. Total, soñar sólo cuesta los $5.500 pesos de un Baloto.

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