La fábula de América

Julio 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Sin que se sepa aún de su paradero, Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán es ya otro de aquellos mitos con los cuales alimentamos la lista de personajes latinoamericanos dedicados al crimen. Al lado de la de Pablo Escobar en su cárcel de Itagüí, la evasión del jefe del cartel de Sinaloa se convierte en canciones, y con seguridad terminará en telenovelas como las que hacen en Colombia.Lo que hasta ahora se conoce es de por sí una fábula. El mundo pregunta cómo fue posible que el delincuente más peligroso se escape a pesar de portar un brazalete que se lo quitó con la tranquilidad del caso, de una prisión de seguridad máxima llena de cámaras de televisión, con 20 puertas eléctricas y todas las medidas de seguridad posible. Y que sólo se hubieran dado cuenta mucho tiempo después, lo que le ofreció la ventaja necesaria para cumplir su cometido. Su escape fue por un túnel de kilómetro y medio de extensión, un hueco de 50 por 50 centímetros en su inicio que salió exactamente a la ducha de su celda donde, qué coincidencia, no llegan las cámaras. Nadie se dio cuenta, nadie notó un ruido, nadie le puso cuidado a los tweets que publicaron sus hijos, anunciando “el regreso del General”. Nada produjo una alerta sobre lo que estaba haciendo el Chapo, a pesar de que ya se había evadido de otra de esas prisiones que, como en Colombia, se llaman “de máxima seguridad”. Se acuerda uno de lo que hizo Pablo Escobar en 1992. La diferencia es que éste arrodilló al Gobierno de entonces que le permitió construir su cárcel y mantener su guardia. En ese momento, las autoridades miraban para otro lado mientras el capo manejaba su negocio y asesinaba a sus socios. Y cuando decidieron sacarlo de la zona de despeje que le habían otorgado, le dieron suficiente tiempo para que saliera montaña arriba y por encima de centenares de soldados.Volviendo a el Chapo, él se había quejado de las condiciones del penal. Un columnista de El Universal de México escribió: “hace sólo cinco meses el delincuente contó que el penal del Altiplano I estaba en venta al mejor postor. Se quejaba de las injusticias que allí se cometían, acusaba al director de corrupto y nadie prestó atención”. Así, el que en el 2014 fue mostrado como el gran trofeo de la lucha antinarcóticos, se voló, después de comprar la cárcel.Entretanto, el presidente Enrique Peña Nieto siguió como si nada su gira por Francia, acompañado por cientos de funcionarios de su gobierno y soldados vestidos a la usanza de la revolución mexicana. Jorge Zepeda Patterson, periodista mexicano, describió lo que siente su país: “no somos una república bananera ni un Estado fallido. Pero, ¿cómo diablos lo vamos a demostrar?”Se acuerda uno de los bandazos que aquí se han dado para manejar a los capos del narcotráfico. Y de las maromas que hacen para explicar que para terminarlo debe considerarse como un asunto de salud pública. La verdad es una: como lo demostraron Escobar en Colombia y el Chapo en México, el problema seguirá creciendo mientras los criminales tengan la posibilidad de amasar riquezas infinitas y de corromper a jueces, carceleros y pomposos funcionarios públicos.Por eso crecen los mitos de los criminales. Por lo pronto, en México ya le hicieron corrido a la fuga del jefe del cartel de Sinaloa. Y una reconocida cantante, Suzana Zabaleta, escribió en las redes sociales: “Qué bueno que el Chapo se salió”, mientras en las calles de Culiacán hay manifestaciones con pancartas de apoyo al criminal, resguardadas por la policía. ¡Órale!

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