La de los tintos

Septiembre 12, 2010 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Nunca en la historia de la “inteligencia”, eufemismo con que se disfraza el espionaje, se había producido algo más burdo que las vergüenzas cometidas por el DAS. Y de no ser por el enorme daño que han causado en la confianza de los colombianos los abusos perpetrados en las entrañas del poder, lo ocurrido puede equipararse a los libretos del agente 086, aquel payaso que hablaba desde un zapato.¿Cómo es posible que el Departamento Administrativo de Seguridad, dependiente de la Presidencia de la República y con acceso a todas las fuentes de información y a todos los recursos técnicos posibles, haya terminado por pagarle a unas señoras que sirven los tintos en la Corte Suprema de Justicia para que pongan una grabadora en el salón donde se reunen los magistrados? ¿Y cómo es posible que la estrategia consista en que la señora pone una maquinita que grabe las sesiones donde se discuten casos graves de la parapolítica o acusaciones contra altos funcionarios del gobierno, para después armar escándalos con la grabación que demuestra una supuesta conspiración?Bueno, pues eso pasó aquí. Y para completar, la operación fue realizada por una detective estudiante de sicología. Es Alba Luz Flórez, la “Mata Hari” que, según su testimonio, obedeció las instrucciones de su jefe. A ella le confiaron la tarea para la cual montó una empresa de fachada mediante la cual sacó la plata para pagarle a quienes repartían café en la Corte.Todo se vino al suelo cuando a la Mata Hari dejaron de darle la plata para mantener el entramado que se inventaron en la ‘división de fuentes humanas’ para usar los fondos del DAS, con el cual logró que Blanca Janeth Maldonado pusiera la grabadora en la sala donde se realiza la plenaria de la Corte. Entonces, Alba Luz entró en pánico porque no sólo la echaron del puesto al descubrirse el complot, sino que la dejaron en la calle, ya que liquidaron la empresa que le permitía pagar apartamento de $900.000 ganándose sólo $1.200.000. Fue ahí cuando cantó, inventando cosas pero dejando en firme la esencia del asunto, el espionaje del DAS a la Corte Suprema de Justicia.En medio del burdo enredo, lo grave parece pasar desapercibido. Son las confesiones de los subdirectores del DAS que se atropellan para cantar sobre las chuzadas que realizaron y los contactos que tuvieron con toda clase de personajes bien recomendados y obedeciendo “órdenes superiores”. Son hechos merecedores del rechazo en un país democrático, dirigidos a distorsionar la verdad y pisarle la cuerda a jueces y rivales políticos con informaciones comprometedoras, al estilo mafioso.Si la democracia funciona, todo debe culminar con la condena de quienes pensaron que podían usar el poder para lo que quisieran. A los que trataron de usar una dependencia vital para el Estado de Derecho como si fuera una oficina al servicio de intereses personales. Nada menos puede esperarse cuando se descubre que alguien desde el gobierno ordenó espiar a los jueces. Y de manera tan chapucera.Ojalá, los platos rotos no los pague la de los tintos. Y que el espionaje que se realizó desde el DAS pueda ser destapado en todas sus dimensiones, incluidos los funcionarios que lo ordenaron desde lo alto del poder, abusando de la “inteligencia” y del respaldo del 80% de los colombianos al presidente Álvaro Uribe.

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