La carta de Monseñor

La carta de Monseñor

Diciembre 04, 2011 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Sorprendente el artículo de monseñor Darío de Jesús Monsalve y sus consideraciones acerca de las Farc y la muerte de alias Alfonso Cano, de las marchas que condenan su violencia y de la posición que debe asumir el Estado en el combate al terror.La destrucción que produce la guerra y la defensa de la vida y la libertad siempre ha estado presente en la preocupación de la Iglesia Católica. La violencia de las Farc ha sido objeto de condenas a sus métodos atroces y bárbaros vestidos de reivindicaciones políticas para justificar lo injustificable. Puede decirse que la condena a esos procedimientos ha sido la constante del discurso católico, sin que ello signifique omitir la crítica a los abusos de las autoridades o de denunciar las desigualdades y las injusticias que padece Colombia. Por eso no es usual que un prelado de la Iglesia Católica se vaya en contra de la respuesta de la sociedad y el Estado al terror organizado con el que la criminalidad de todos los pelambres, en especial la guerrilla, han pretendido imponer sus designios de muerte. Sí, la guerra es absurda, cruel e inhumana. Sí, matar seres humanos es difícil de entender, así sean cabecilla de máquinas de muerte como ‘Jojoy’, Pablo Escobar o Hitler. En el caso de ‘Cano’, él obligó a las autoridades a usar las armas para detener sus fechorías. Él rechazó el diálogo civilizado en el Caguán y se burló de la Colombia que le ofrecía una solución política surgida del diálogo.Y no había tal que ‘Cano’ era un hombre “herido, ciego y solo”. Con él estaban cientos de guerrilleros dirigidos por alias Pacho Chino, el secuestrador de los diputados del Valle y bajo cuyo mando fueron fusilados. Esos guerrilleros armados hasta el alma desalojaron a los campesinos. No era pues un pobre hombre inerme si no el comandante de una de las organizaciones más peligrosas sobre la faz de la tierra. La carta de Monseñor es valiente contra el uso de la fuerza para resolver conflictos. Pero preocupa que en su afán de pedir que no haya más muertes afirme que por el hecho de que los secuestrados sean soldados y policías hay una “solidaridad de cuerpo que mezcla lo humanitario con lo estratégico y hace que toda la lucha por su liberación sea absorbida por un frente común e ideológico: todos y todo contra las Farc”. ¿Acaso reclamar justicia contra quienes fusilaron a mansalva a cuatro seres humanos es “solidaridad de cuerpo”? No, Monseñor. Sucede que este país lleva siglos tratando de vivir en forma civilizada, acosado por las formas más bárbaras de una violencia que no acepta nada distinto a la imposición o la destrucción. Por eso ha tenido que usar instrumentos letales para acabar con esas amenazas que mataron a miles de indefensos ciudadanos. Que las Farc sean el objetivo se explica porque encarnan esa atrocidad.“Relativizar el homicidio ha sido el cáncer de nuestra cultura incoherente frente a la vida humana”, dice el Arzobispo de Cali. Tiene razón. Pero no por ello hay que descalificar las marchas para protestar contra las Farc y exigirles la liberación de los secuestrados. La guerrilla, Monseñor, es la causante de la tragedia que viven miles de familias por el secuestro. Ella desconoce la caridad cristiana al mantener con cadenas al cuello y por años a seres humanos inermes. Por eso, la obligación del Estado y de la sociedad es combatirlos y protestar por sus abusos para que podamos traerlos vivos.

VER COMENTARIOS
Columnistas