Jairo Varela, el narrador

Agosto 12, 2012 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

De Jairo Varela se cuentan muchas cosas con ocasión de su muerte. Su genio como compositor, su particular forma de crear empresa, sus relaciones, sus éxitos que pueden contarse por centenas.Jairo tuvo el don de la palabra y lo usó en sus canciones para dejar testimonio sobre lo que vivió. Fue el resultado de la influencia de su abuelo, de la misteriosa capacidad poética de su madre y de ese Chocó inmenso, verde, rico y necesitado que formó su alma. Es el Pacífico que con fuerza y melodía excepcionales irrumpió en la música con Buenaventura y Caney, hace 30 años. Fue un espíritu labrado en el esfuerzo y la lucha por no dejarse derrotar, desde el momento en que lo depositaron en la fría Zipaquirá hasta el día en que se desplomó traicionado por un corazón exigido al máximo. Fue un triunfador. No se porqué razón tuvo una mirada que expresaba melancolía y a pesar de ello se convirtió en símbolo de alegría. Fue quien recibió una cerrada ovación cuando Una Aventura sonó en la inauguración de las olimpiadas de Barcelona después de cautivar al mundo entero. Fue el hombre que enfrentó solitario la justicia y protestó en Prueba de Fuego contra lo que siempre consideró una injusticia. Fue un solitario rodeado por cientos, por miles, por millones de personas que en todo el planeta oyeron sus canciones, su orquesta inigualable y sus historias, aquellas que unieron a su Chocó transparente con este Cali de confusión.Este Cali de inmigrantes que construye su identidad en la música y reconoce en personajes como Jairo Varela su rica diversidad. Esta ciudad que busca sin cesar la melodía, y encontró en el Maestro decenas de razones para reclamar un lugar sobre la tierra. Él fue uno de sus grandes testigos. Él hizo que sus narraciones sencillas, ricas y sensuales, con el embrujo de su tierra natal se identificaran con la vida de cada uno. Que sus referencias al Cali Pachanguero o al Cali Ají (“esto es cuestión de pandebono”) fueran adoptadas como símbolos del espíritu abierto y sencillo de los caleños.Él cantó a todo lo que le hacía surgir a ese narrador que lo habitaba. Le cantó a sus amores, a sus triunfos, a su gente. A esos negros que luchan por vivir y se niegan a permitir que desaparezcan sus ancestros, como en Mi Pueblo, mientras se burlaba con humor negro en La Canoa Ranchá. Y le cantó siempre al amor, a veces con un dejo de tristeza que contrastaba con las melodías vibrantes de su orquesta. Pocas veces usó como solista su voz, falsete inconfundible que acompañó a los cantantes de Niche. Lo hizo para expresar sus dolores mientras hacía bailar a quien lo escuchaba, en Ana Milé o Faltó un Pañuelo que estremecen a quien las escucha.Y el paisaje que plasmó en Mi Valle del Cauca y en Atrateño. Son paisajes que hablan, que se transforman en el espíritu de la gente. Son el retrato que cargan quienes hacen tránsito a la vida urbana y quieren tener un recuerdo vivo de sus ancestros. Es la magia de quien entendió la salsa como la expresión de una América en busca de identidad.Eso fue Jairo Varela: un narrador de su época, de su gente, de sus costumbres. Más que un poeta, un trovador nacido en Quibdó que con su pluma y su música puso a Cali y a su Chocó en el mapa de la música universal.“Atrateño ancho y caudaloso pasas/ lento en tu viaje retratas/ el dolor que injusto llevas poco a poco hasta el mar”.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad